Libro
Presentado en la 25ª Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

LA PSICOLOGA (Tercera cita)

LA PSICOLOGA
(Tercera cita)




-Samuel... Samuel, ¿eres tu?- su voz retumbó en lo más profundo de mis tímpanos, al momento pensé que tal vez no era ella quien me hablaba o, quizá alguno de los amigos con los que andaba se llamaba igual que yo. Continué caminando directo hasta la silla frente a la barra y mi corazón palpitaba aceleradamente, le dí un sorbo a la botella de cerveza y levantándola frente al barman le hice la señal de que quería otra más. 
-Oye, disculpa... que, ¿acaso no me recuerdas?- una mano se posó sobre mi hombro y al escuchar de nuevo su voz a quemarropa, la cerveza se salió por mi nariz, volteé y efectivamente era Helen quien se levantó de su lugar y fue hasta donde yo estaba. -hace poco te vi aquí sentado; yo vine con unos amigos, parece que estás solo, ven y siéntate con nosotros- mientras ella continuó hablando yo limpié la cerveza de mi cara y cuello con la manga de mi camisa -pero, bueno... que sorpresa encontrarte aquí, es la segunda vez que vengo a este bar. Es agradable verte fuera del consultorio pero bueno, no creo que sea buena idea, además estás con tu novio y no creo que tenga mucho que compartir con tus amigos-. Obviamente si me moría de ganas de sentarme con ella pero lejos de sus amigos. -creo que sería una buena ocasión para que nos conozcamos y que hagas un poco mas de amigos, ¿no lo crees? además, no te preocupes que no tengo novio, solo traje a mi hermano y él es quien usualmente me saca de la rutina de mi trabajo- estoy seguro que cuando dijo eso, ella pudo ver que mis ojos se abrieron como queriendo devorarla, fue inevitable que no sintiera un gran alivio de saber quien era el hombre que la tomaba por el cuello y le daba besos en sus cachetes. No obstante, le ofrecí mi mano y ella aceptó, le agradecí el gesto de haber ido hasta la barra para invitarme -gracias Helen pero no se si sea buena idea- de repente, ella me dio un jalón que me hizo saltar de la silla -Vamos Samuel, déjate de tonterías, mis amigos son relajados y estoy segura que encajaras en nuestro ambiente-. Helen me condujo hasta donde todos sus amigos y ella estaban, me presentó ante ellos, no como uno de sus pacientes sino como un nuevo amigo que había conocido en una de las empresas que ella solía visitar; ellos me recibieron bien y acercaron una silla para que me sentara. No fue mucho lo que yo pude aportar a la charla -primeramente- y a medida que íbamos tocando uno que otro tema empecé a involucrarme más en la conversación; efectivamente Helen tenía razón y sus amigos resultaron amigables, chistosos y con muy buen sentido del humor además de ser inteligentes. Por momentos miraba a Helen cuando hablaba, me detenía en sus facciones y en cada movimiento de su boca, era hermosísima, tal vez la mujer más linda de todo el mundo, yo suspiraba y estoy seguro que ella tuvo que darse cuenta; el calor de la cerveza invadía mi cabeza y me arriesgaba un poco más cuando la miraba fijamente, pero no me importaba porque a ella también se le notaba el efecto del whisky cuando vacilaba al decir una palabra o en la sutil risita con la que remataba alguna oración. 
El grupo que seguía tocando al fondo del bar reanudó su repertorio y en cuestión de segundos quedamos Helen, su hermano y yo sentados mientras sus amigos se fueron a la pista a bailar. Jason (su hermano) se levanto y se dirigió a los baños, Helen y yo nos miramos y después de una sonrisa ella se levanto y me tomó de la mano -ven, quiero que bailemos- la miré fijamente mientras le estiraba mi mano -por supuesto- y ambos recorrimos los pocos metros que nos separaban de la ya muy llena pista de baile y empezamos en un suave vaivén al rítmo de aquella balada de Elton John. Helen bailaba y en ocasiones se acercaba a mi oído entonando la melodía y se alejaba, me miraba y sonreía y continuaba pegada a mi pecho. Yo estaba seguro que ella sentía mi corazón a todo lo que daba y en uno de sus giros rodeo mi cuello con sus manos disparándome una mirada que me dejó mudo, luego se acercó de nuevo hasta mi cuello y siguió cantando, rozó su mejilla con la mía y sus labios rozaron mi boca en un gesto de provocación. En ese mismo instante la canción terminó y ella me tomó por la corbata para sacarme del trance pero yo estaba clavado al suelo y tardé algo más de dos segundos para volver a la realidad. No podía creer lo que acababa de pasar y aún con el aroma de su perfume en mi nariz caminé con ella hasta la mesa donde ya los demás seguían hablando.
Continuamos allí por unos minutos más hasta que Helen se levantó -Jason, ¿podrías llevarte el carro hasta la casa? estoy algo mareada y Samuel me llevará- Ella me miró pero yo no supe que decir en el momento, estaba desprevenido y sus palabras me tomaron por sorpresa, obviamente no diría que no -Pero, Helen... ¿Dejarás a tu hermano y a tus amigos? Helen soltó mi mano -no te preocupes, si no quieres llevarme, puedo pedir un taxi, no hay problema- yo, inmediatamente me levanté de la silla -no, como crees Helen, claro que te llevo- tomé un trago más de cerveza -disculpen chicos, llevaré a Helen a su casa y regresaré un rato más a ver si los encuentro todavía aquí
Nadie se opuso y por el contrario lo tomaron con naturalidad y fue entonces cuando salimos Helen y yo de aquel bar en medio de la niebla y el frío de la madrugada, subimos a mi carro y dí marcha al motor -y dime Helen, ¿dónde queda tu casa?- ella recostó su cabeza en el asiento y levantó la mirada -dale derecho Samuel, ya te diré donde voltear-. una milla después -o tal vez más- ninguno de los dos habló y poco después de ingresar a la autopista Helen se acercó y me besó en la mejilla, después puso su mano en mi entrepierna -Samuel, deseo que me hagas el amor- sus palabras hicieron que detuviera mi vehículo a la orilla de la carretera -¿cómo?... Helen, ¿estas segura de lo que me estás pidiendo?ella se acomodó de nuevo en su lugar y me miró -Samuel, crees que no me doy cuenta de como me miras, incluso en el consultorio te observé cuando me mirabas como queriéndome desnudar, dime si me equivoco- de repente tomó mi mano y la puso en sus pechos, yo no podía creer lo que estaba pasando, me estaba excitando súbitamente y dí marcha al motor inmediatamente, aceleré el carro a todo lo que daba y tan pronto vi un anuncio que decía "Motel Olafo" me metí sin dudarlo.
Una vez adentro, nos fundimos en un beso que mojó nuestros cuerpos totalmente, yo no quería que la excitación me hiciera perder el control y que nuestro encuentro fuera efímero, sino que por el contrario, fuera algo placentero y que nos diera el momento necesario para disfrutarlo intensamente. Así pues, quité su blusa blanca y unos cuantos collares de piedras de colores que pendían de su cuello, desabroché su sostén purpura y con el roce de mis dedos sus pezones se irguieron al compás de mi respiración. Detrás de ella, la tomé por el cuello y la seduje con mi lengua mientras su cabello y diminutos bellos en su nuca se erizaban ante los gemidos ahogados de su garganta que ya dejaban al descubierto las sacudidas de su corazón dentro de su pecho. Ella, por su parte, se giró y con la suavidad de su torso, acarició mi pecho descubierto al romper de un solo tirón mi camisa que cayó al suelo; luego, me tomó por el cinturón y me pegó hacia su cadera y condujo mi cabeza entre sus pechos que se mezclaban con la saliva tibia que viajaba en mi lengua y se evaporaba en el calor de su piel. Después me tiró de un empujón sobre la cama mientras ella descubría su cadera y sus piernas lanzando su jean contra la pared, su panty negro dibujaba la silueta incandescente de su vagina entre brillo y humedad invitándome a tocarla y a entrar en su lujuria. Helen se posó sobre mi cuerpo y entre besos y caricias fue quitando mi pantalón hasta dejarme desnudo para ella mientras el calor de su garganta azotaba mi cadera hasta hacerme retorcer, fue entonces cuando la tomé por la cintura dispuesto a hacerla mía y llenarme de una vez de todo lo que de ella amaba...

De repente, me encontré en el borde de la cama y las sabanas de seda me llevaron hasta el suelo golpeando mi cabeza y despertando en medio de mi vómito que chorreaba desde la almohada, la erección que ya tenía retumbaba en mi cabeza que ya quería estallar. Desperté allí en mi cama solo y con resaca, sin Helen y con un sueño sin terminar. Ya eran casi las 11 de la mañana.

-Mierda, mi tercera cita con Helen...-


Hector Ruiz-Ospina
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sábado, 22 de noviembre de 2014

LA PSICOLOGA (Segunda cita)

LA PSICÓLOGA
(segunda cita)




Helen era una mujer aparentemente centrada y muy inteligente, se notaba su profesionalismo en todo momento ya que pudo envolverme en un ambiente tranquilo y apacible que me produjo cierta confianza, obviamente la primera cita es más expectativa que otra cosa y fue necesario que le mintiera -primeramente- en el motivo que me tenía en ese lugar, no por miedo o desconfianza sino que de todos modos me sentiría ridículo si le dijera mis motivos reales, además de sonar infantil, estoy seguro que me hubiera tomado como un idiota.
Lo único cierto era la fijación que ella como mujer había producido en mi, sus movimientos, ademanes y la forma como me miraba me aseguraba que esa no era la primera vez que la veía, algo dentro de mi daba por sentado que en el pasado o tal vez en otra vida habíamos estado involucrados y esa opción no me desagradaba para nada, por el contrario, era un aliciente en el sentimiento que empezó a florecer desde aquel día y que se acrecentaba con cada momento en que ella llegaba a mi cabeza. Además de esto, era evidente que a pesar de mis sentimientos, era poco sensato soltárselos a la primera y que esto diera por terminada nuestra relación en las circunstancias en las que se dieron o peor aún, que ella no compartiera mis sentimientos y me rechazara sin siquiera pensarlo; cabe resaltar que no sabía nada de ella y también existía la probabilidad de que fuera una mujer comprometida o con una familia ya formada. Sea cual fuera la situación yo estaba en desventaja y no quería perder la oportunidad de estar cerca de ella, al fin y al cabo, en las citas venideras podría intentar saber un poco más sobre su vida y descubrir si lo que nacía en mi era verdadero amor o un simple impacto momentáneo que se disolvería con el correr de los días siguientes.

Esa siguiente semana, posterior a la cita, inicié en la empresa mi nueva etapa profesional la cual no fue del todo fácil, pues era un campo nuevo para mi y el acople total se iría dando a medida que me integrara totalmente con mis compañeros de trabajo y todo lo concerniente a mi cargo, el ambiente era agradable y con el apoyo de todos fui enrutandome fácilmente con la visión y misión de la empresa en el mercado de proveedores de servicios. Al principio estuve en blanco y me sentí inseguro a la hora de actuar pero todo esto se fue disipando mientras iba entendiendo lo que involucraba cada proceso; a pesar de la presión que imponía en mi mente mi nuevo trabajo, Helen llegaba a mis pensamientos a menudo y comiéndome el lapicero a pedazos dejaba que mi cerebro divagara y jugara con su recuerdo mientras regresaba a mis zapatos y seguía con mis funciones laborales. Ya estábamos finalizando la semana de trabajo (mi primera semana en la empresa) y esto significaba que pronto vería a Helen de nuevo lo cual me llenaba de emoción y hasta me hacía planear la manera de llamar su atención y poder escudriñar un poco en su vida personal lo cual iba a ser muy difícil puesto que, era poco probable que una relación entre nosotros funcionara más allá de la que ya teníamos y que involucraba únicamente aspectos profesionales, ella en su escritorio tratando de ayudarme psicológicamente y yo sentado en el diván como un tonto dándole información que ella usaría para establecer el epicentro de mi estupidez, al fin de cuentas la que me desnudaría en todo momento sería ella mientras yo de su parte no obtendría ni la más mínima información, de todos modos ya deseaba verla y contaba las horas, los minutos y los segundos que me separaban de estar sentado allí en la oficina de su consultorio disfrutando en silencio de su compañía.

Asistí a mi segunda cita de viernes y minutos antes de la hora ya estaba en la sala de espera mientras la secretaria me daba una taza de café que alteró mi nerviosismo, de hecho estaba nervioso desde el momento en que me vestía para acudir a la consulta pero el deseo de verla una vez más se antepuso a cualquier muestra de inseguridad. La chica me hizo pasar al consultorio y me acomodó no sin antes advertirme que la doctora ya venía en camino y que posiblemente debía esperar un poco más ya que el tráfico en la ciudad se había tornado pesado, pero que de todos modos no había olvidado la cita y no quería que su tardanza causara incomodidad en mi. Yo me senté como lo hice la primera vez y ya que me encontré solo mire sobre su escritorio por si habían fotografías de ella o de pronto algo que me revelara su status pero tan solo pude ver unas cuantas figuras abstractas que adornaban las esquinas de su escritorio y que no me brindaban ninguna señal fehaciente sobre si era soltera o no, igualmente, en la pared tan solo habían títulos  que ha cosechado a lo largo de su carrera y que la hacen ver como una mujer muy inteligente y profesional que se esfuerza por estar a la vanguardia en todo lo que tenga que ver con su carrera.

-Oh, Samuel, disculpa mi demora, la autopista estaba muy saturada, pensé que no llegaría a tiempo- Su voz después de cerrar la puerta me tomó por sorpresa y el escuchar mi nombre de su boca hizo que casi me tragara la lengua.
-No te preocupes Helen, su secretaria ya me había informado sobre la situación- Ella se acercó a mí y estiró su mano para saludarme, la mía estaba helada pero aún así estreché la suya y en el mismo momento su perfume de jazmín penetro mi nariz y llegó hasta mis huesos, el movimiento de su cabello y la disimulada sonrisa detuvo mi corazón y sentí un calor que me subió desde los tobillos hasta mi cabeza. Ella pasó por un lado, dejó su bolsa colgada en el espaldar de su silla y se sentó mientras encendía la computadora.
-Tengo entendido que esta semana inició en su nuevo trabajo, cómo ha sido esa experiencia?- aún la terapia no daba inicio y mientras reunía mi expediente y lo que trabajaríamos ese día fue un buen motivo para romper el hielo y ser cordiales, creo yo.
-Bueno si, no... mmm... esta semana ha sido algo estresada, pero vamos acoplándonos sobre la marcha- no esperaba una introducción como esta y me encontraba desarmado aún así pensé que ese momento era propicio para sacarle algo de información -Y tu Helen... ¿has tenido mucho trabajo supongo... tal vez no solo aquí sino también en tu casa con tu familia, imagino que no ha de ser fácil- mi corazón latía rápidamente y tan solo esperaba su respuesta. -Ok Samuel, recuéstate por favor, vamos a dar inicio con nuestra segunda entrevista- Sus palabras fueron un balde de agua helada que caía por la espalda y me sentí como un tonto, tal vez el planteamiento de mi pregunta fue muy obvio o tal vez a ella no le interesaba responder, como haya sido, dimos inicio con la terapia tal y como ella me lo pidió.

Su enfasis en conocer episodios de mi pasado y una que otra cosa de mi vida actual se tornó tedioso para mí y ella lo notó, por un momento pausó su cuestionario y se puso de pie, rodeo su escritorio y se paró frente a mi como la otra vez, recostada en el borde de la mesa y prosiguió con las preguntas, hubo una ocasión en que se giró y la tuve totalmente de espaldas, mis ojos la recorrieron desde su cabello hasta sus pies deteniéndome un poco en su cintura y su sutil trasero, mis ojos brillaron y la desnudaron sin tocarla, fue maravilloso para mi pero la osadía de mirarla de esa manera quedó expuesta cuando me dí cuenta de que en la ventana frente a ella, pudo ver el reflejo de todo lo que hice y aunque Helen lo notó, no hizo nada, tal vez para no dañar el ambiente que ya habíamos creado, al fin y al cabo para ella resultaría normal un tipo de actitud como el mío puesto que era consciente de que era muy atractiva y fácilmente cualquier hombre se fijaría en ella. 

La charla se extendió a lo largo de una hora pero no resultó en lo más mínimo como yo esperaba y por el contrario, fue un fiasco total en todo aspecto; tan pronto como dimos por terminada la sesión me despedí de ella y me fui de allí casi corriendo, no sin antes auto recriminarme sobre lo sucedido y la actitud tan tonta que mantuve ese día, todo el resto del día pensé en lo mismo y ya al atardecer decidí visitar uno de los bares cercanos a mi oficina, necesitaba una cerveza y olvidarme de todo lo que había pasado en mi primera semana de trabajo, además, ya daba inicio el fin de semana. 

El bar estaba lleno y me senté en la barra, la gente a mi alrededor hablaba, otros fumaban y otros tantos bailaban las canciones country o soft rock que tocaba un grupo al fondo del lugar. Al cabo de no se cuantas cervezas escuché una voz que me resultó familiar y que se acercaba por mi lado izquierdo, era una mujer y hablaba con alguien; al pasar por detrás de donde yo estaba sentado sentí un agradable olor a jazmín que me recordó a Helen, la chica se sentó a poca distancia de donde yo estaba pero no quise mirar. Escuché de nuevo esa voz y una fuerte risa proveniente de la misma persona y fue inevitable que no volteara y me encontré con la mujer más hermosa del mundo que yo pensaba y no tenía vida social, allí frente a mi estaba Helen sentada y a su alrededor habían otras personas que venían con ella; mi corazón una vez más empezó a latir y las cervezas en mi cabeza me instaban a abordarla y saludarla, allí no era su territorio y no existía la barrera que nos separaba en su consultorio. Con todos estos argumentos bombardeando mi cabeza me levanté de la silla, me tomé la cerveza casi de un sorbo y mientras el grupo tocaba la canción Hotel California, me dirigí hacia ella dispuesto a todo. Mis pasos se frenaron abruptamente cuando uno de los hombres que departían con el grupo se colgó en su cuello y la besó cerca de la oreja. Yo quedé petrificado a unos cuantos metros de Helen... 


Hector Ruiz-Ospina
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domingo, 9 de noviembre de 2014

LA PSICOLOGA (primera cita)

LA PSICOLOGA
(primera cita)




A veces pienso que en realidad no era yo el que necesitaba ayuda sino -más bien- era ella la que gritaba por una descarga de mi propia locura. 
Mi vida nunca fue totalmente satisfactoria en ningún aspecto tanto social como personal, era un completo fiasco, no me interesaba nada y todo lo que giraba en torno a mi me tenía sin cuidado; por un lado mantenía la carga de mi familia que nunca perdía oportunidad para reprochar mi estilo de vida, me acusaban de extraño, loco e indolente. Por otro lado estaba la personalidad que despertaba cuando me encontraba con mis amigos o en los lugares que usualmente frecuentaba; bares, rock, cerveza y algo de hierba. Además de esos dos hombres que habitaban mi cabeza, era innegable la esencia pura que dominaba mi ser y de la que nunca podía escapar, porque al lugar que fuera o donde me escondiera, siempre llegaba a mi en la soledad de mi cuarto o justo antes de dormir, frente a ella quedaba sin mascara, desnudo totalmente entre mis defectos que superaban mis virtudes y con mis sueños y proyectos aún guardados en mi cartera esperando ser descubiertos.

Poco después de mis 20 ya el dinero se hizo necesario a la hora de pretender obtener un alcance mayor en mi agitada vida y en cierto modo, en todo lo que a mis gustos se refería, pues el hotel "Mamá" se estaba convirtiendo en algo tedioso y el dinero que obtenía de mis padres cada vez era más limitado. Muchas veces con el apoyo de mi padre tuve la oportunidad de entrevista en algunas compañías de la ciudad, tal vez por pura naturalidad siempre la cagaba y el perfil que mostraba nunca estuvo acorde con las necesidades que solicitaban, optando éstas por hacer sus anotaciones en mi curriculum y despedirme con un "luego lo llamamos" que ya era normal escuchar, a veces pienso que no me daban una patada en el culo por respeto a mi padre. Yo, por mi parte, estaba seguro de que él estaba decepcionado de mi y aunque suene absurdo, lo entendía, pienso que era demasiado obvio sentir algo así y aunque yo me daba cuenta de lo que pasaba, también sabía que no en vano el ejemplo de mi padre me ayudaría en el futuro; es por eso que entrando a los 25 empecé a mostrar realmente de lo que era capaz dejando atrás, sin miramientos, al hombre vacío y sin aspiraciones que solía ser.

Poco después de auto evaluarme, renovar mi guarda ropa, afeitarme la barba y lucir un poco más centrado, empecé en la búsqueda de un empleo -en primera medida- acorde a mis deseos si fuera posible, no obstante y poco después de haber iniciado el camino pude llamar la atención de una agencia de publicidad que se encargaba del marketing de unas cuantas empresas en ascenso y otras más ya consolidadas en el mercado nacional y extranjero, yo estaba seguro de que allí podría darle rienda suelta a mi mente creativa y sospechaba que también encontraría la estabilidad que tanto anhelaba, además de la madurez que aun necesitaba para consagrarme como un verdadero hombre y en el futuro tener el criterio y los valores necesarios para formar una familia igual que en la que crecí. Todo esto sonaba maravilloso y pienso que intentaba borrar de tajo todo lo que me definía como adulto y que venía haciendo por mucho tiempo, como compartir con mis amigos, ir al bar, el rock y la hierba, de antemano sabía que todo proceso costaba tiempo y sacrificio pero necesitaba, debía tener presente que en mi nuevo trabajo cualquier tipo de inmadurez o falta de profesionalismo me costaría no solo el puesto, sino una mala referencia en el futuro en caso de necesitarla, es por eso que acepté que necesitaba ayuda profesional en la consecución de mi estabilidad emocional y todo aquello referente a la superación de mi crisis existencial o simplemente, necesitaba la ayuda de un profesional en psicología que me orientara en esta nueva etapa. Cuando la decisión estaba tomada empecé en la búsqueda de un consultorio para iniciar con las terapias o lo que se requiriera en este aspecto, entonces tomé el directorio y vi que no eran muchos los profesionales en mi ciudad con esta especialización, elegí un número de consultorio y levanté el teléfono para hacer una cita lo más pronto como fuera posible y pude conseguirla a la mañana siguiente, yo entraba a trabajar a la siguiente semana y me resultaba perfecto dar inicio con el proceso previo a mi ingreso a la agencia. Esa tarde afiné unos cuantos detalles que aún tenía programados y ya en la noche fui al bar para relajarme y tomarme unas cuantas cervezas, de regreso a casa y antes de acostarme fui a la azotea y después de contemplar el cielo estrellado me fumé el ultimo cigarrito para darle paso al nuevo hombre que estaba naciendo.

Antes de las 9 de la mañana ya me encontraba sentado en uno de los asientos del consultorio esperando a ser atendido y por mi cabeza pasaban infinidad de cosas: Tal vez el psicólogo era un hombre viejo con barba hasta el pecho, excéntrico a más no poder y que me trataría como a uno de tantos locos que a diario le han de llegar; tal vez era una mujer, con una falda roja hasta el suelo, sin maquillaje porque no le queda tiempo de hacerlo, y a lo mejor despeinada, era lógico pensar que este tipo de personas tienen tanto en la cabeza que no se preocupan por su aspecto, de todos modos ya estaba allí y por primera vez experimentaría esa situación. No pasó mucho tiempo de espera y la secretaria me informó que ya podía pasar y me condujo hasta el lugar, abrió la puerta y me indicó donde debía sentarme, yo seguí sus instrucciones y tan pronto me recosté en un sillón frente a un escritorio ella cerró la puerta y regresó a la recepción. La oficina no tenía mucha iluminación pero se sentía una suave fragancia que irradiaba paz, yo miraba a mi alrededor y no veía al doctor, el escritorio estaba frente a mi y la silla con largo espaldar estaba volteada en dirección a la ventana, suspiré y me acomodé mejor en el sillón.

-Relajese señor Spencer, si desea quítese los zapatos y recuéstese bien- La voz delicada de mujer provenía de la silla frente a mi.  Ella giró un poco dejándome ver su silueta sentada mientras observaba un folder que descansaba en su regazo. -Así estoy bien gracias, es primera vez que vengo a este lugar- estaba nervioso y ella no se inmutó con mi respuesta, -Necesito que se recueste en el diván y descanse su cabeza cómodamente para dar inicio con el proceso- Ella enfatizó en su pedido y después de esto giró totalmente quedando frente a mí, de inmediato mis ojos se abrieron como lince al acecho y era obvio, pues esa mujer era totalmente hermosa, totalmente opuesta a mi idea inicial, esto ocasionó que mi corazón se acelerara y me convirtiera una vez más en un niño tonto. Ella fijó su mirada un momento en mi y después de hacerlo bajó su cabeza hacia los documentos para continuar leyendo. -Entonces... señor Spencer...- Yo estaba con la boca abierta y mis ojos perdidos en los suyos que aunque no me miraba en ese instante, yo no apartaba mi vista de ella.
-Mi nombre es Helen Picket, soy Psicoanalista desde hace cinco años y estaré con usted a lo largo de este proceso- Su mirada penetraba mi mente y la frecuencia de sus palabras golpeteaban en mi cerebro y se anidaban en mi cuello produciendo un nudo en mi garganta. -Mucho gusto mi nombre es Samuel Spencer- traté de que mi voz no se quebrara pero fue inevitable que esa primera vez ella no notara mi nerviosismo; ella dio dos pasos quedando entre el escritorio y yo, dejó la carpeta junto con otros papeles, cruzó sus piernas y se apoyó de espaldas al escritorio, en ese momento pude verla completamente, no me quedaba duda de que ella era la mujer más atractiva que jamas había visto en mi vida y fue inevitable que no mirara sus piernas hasta el doblez de la falda que llegaba poco más arriba de sus rodillas.
-Digame señor Spencer ¿porqué está aquí?-...


Hector Ruiz-Ospina
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jueves, 30 de octubre de 2014

MUERE LENTAMENTE MUJER DE PELO ROJO "CASTIGO"

MUERE LENTAMENTE 
MUJER DE PELO ROJO
"CASTIGO"
(Final)




Ana estaba inconsciente en el asiento trasero del carro, la adrenalina del momento hizo que fuera inevitable llamar la atención de unos cuantos hombres que salían del bar, El pedal del acelerador impulsaba el vehículo a una gran velocidad amenazando con salirse de la calle en las curvas que estaban ocultas por la niebla. En cuestión de minutos Bob, el hombre que rescato a la chica de una muerte inminente, pudo darse cuenta de varios carros que lo seguían de cerca, uno de ellos se enfilo hasta quedar justo detrás de la puerta donde él conducía, sacó una pistola y disparó contra él impactando el parabrisas haciéndolo estallar en mil pedazos, la explosión hizo que Bob perdiera el control del vehículo orillándolo a hacer una maniobra peligrosa. El carro se apresuro hacia el barranco a unos cuantos metros del precipicio, el giro obligó a Bob a escapar por un camino al lado de la carretera totalmente desconocido, uno de los hombres que los perseguía no tuvo tanta suerte y su carro se chocó de frente con la gran roca haciéndolo volcar dando giros sobre el pavimento húmedo e incendiándose casi en el acto, el otro carro que conducía el tirador se detuvo antes de ingresar al camino oscuro, espero a otro de los vehículos que andaba con ellos pero este no quiso continuar; se detuvo un momento, cargó su arma nuevamente y sacó un revolver que traía debajo del asiento y lo acomodó entre sus piernas, aceleró su carro y se internó entre las sombras y niebla que cubrían todo el camino, estaba decidido a detener a la pareja que escapaba velozmente antes de que estos desaparecieran de su alcance.
El agua que caía sin parar pronto hizo que el terreno se hiciera resbaloso convirtiéndolo intransitable para el hombre que estaba decidido a cazarlos a ambos, frente a él habían 3 caminos que se dirigían a diferentes lugares, la luz de su carro solo lograba traspasar unos cuantos metros por delante de él, la copiosa lluvia sumada a la espesa niebla le obligaron a retroceder su vehículo y regresar por donde había venido. Bob, por su parte, tomó uno de los caminos que lo condujo a un escondite unos cuantos kilómetros alejado de la carretera y en medio de un bosque muy poco transitado tanto de día como de noche, además, estaba casi al filo de un acantilado y era poco probable que lograran ubicarlos incluso en el día. Inmediatamente llegaron, Bob tomó a la mujer aún inconsciente y en medio de la lluvia la ingresó al cobertizo abandonado y la acostó en lo que parecía ser la sala. Después, se asomó por las hendiduras de las ventanas para asegurarse de que nadie los había seguido hasta allí y posteriormente salió de la cabaña para dirigirse a su vehículo; una vez allí, abrió la cajuela del carro, sacó una bolsa y regresó, se acercó hasta donde estaba Ana arrodillándose, luego abrió la bolsa y sacó algunas cosas entre ellas una extraña jeringa con una sustancia roja en su interior, descubrió el cuello y el pecho de Ana y pudo darse cuenta de su acelerada degradación que ya la estaba desfigurando, sin dudarlo la tomó de la mano y en el antebrazo le suministró todo el contenido de la jeringa y luego la cubrió con una manta. Mientras tanto, Bob juntó unos cuantos maderos esparcidos en la sala y pudo encender una fogata; la temperatura había descendido demasiado y era muy probable que el frío los debilitara si no encontraban una fuente de calor.
Bob preparó una especie de ritual al rededor de Ana y sobre una pequeña mesa colocó un enorme libro ya deteriorado, lo abrió y buscó una de sus páginas, junto a él tenía -además- unos frascos con líquidos de diferentes colores, un crucifijo y una daga. Se acercó a Ana y se percató de que su piel estaba regenerada casi por completo aunque ella aún no recobraba el conocimiento y yacía desmayada aún en suelo; Bob sacó de la bolsa una indumentaria parecida a la de un sacerdote o monje y mientras se preparaba le confesó su identidad y el porqué se la había llevado consigo. Antes de que él terminara Ana despertó sutilmente y tan pronto recobró el conocimiento intentó levantarse pero no pudo puesto que se encontraba mareada, cuando se dio cuenta de la presencia de Bob y de todo lo que había a su alrededor se asustó pero Bob intentó calmarla. Ella le calló diciéndole que sabía quien era él y que el viejo libro debió haberse consumido la vez en que ella lo tiró a la chimenea de la casa donde estuvo, también le dijo que nunca supo porque le había perdonado la vida pero le dejó claro que si era necesario la tomaría llegado el momento.
Ana aún estaba débil pero logró ponerse de pie, se acercó a Bob y tomándolo por la cintura le arrebató la daga que llevaba entre su cinturón, no tenía mucha fuerza y en la acción se tambalea, Bob la alcanza para no dejarla caer y ella se aferra a su cuello y sus miradas se cruzaron, ella lo besó y ambos se fundieron en ese momento. Ya no faltaba mucho para que amaneciera pero nadie lo advirtió, se desnudaron y sus cuerpos se unieron como si fueran parte de la misma piel: ella gemía y suspiraba como si hubiera recobrado toda su fuerza y él la penetraba sin tregua envolviéndose en una mística lujuria que emanaba de sus cuerpos. Ana en su interior sabía que se había enamorado y estaba dispuesta a lo que fuera por permanecer al lado de Bob por el tiempo que su maldición le permitiera; Bob le confesó que con el ritual que él llevaba preparando por tanto tiempo, le serviría para recobrar su naturaleza mortal y liberarla de la maldición que le fue impuesta cuando vivía en el orfanato, él, además le confesó que por mucho tiempo anduvo en su búsqueda y logró descifrar el ritual necesario para curarla. Ana dudo por un instante las palabras de Bob pero la confianza con que él hablaba la hizo soñar y creer en él así que aceptó rápidamente y se dispuso a hacer lo que él le mandara.
El ritual ya había iniciado y la presencia diabólica que habitaba el cuerpo de Ana se negaba a dejarla, aunque Bob continuaba leyendo las páginas del libro sabía que no era una tarea fácil sino que por el contrario, sería una tarea ardua y que le llevaría unas cuantas horas. Poco después del amanecer y ya con el sol alumbrando todo a su alrededor Bob se percata de la presencia de varios vehículos que se acercan a toda velocidad y frenan a pocos metros de donde estaba su carro, uno de los hombres que venía conduciendo, dispara a los neumáticos del carro de Bob haciéndolos explotar; Ana está en medio del exorcismo pero la situación en la que se torna el ritual hace que Bob se distraiga e intente evadir la arremetida de los hombres que rodeaban la cabaña, como puede logra herir a uno de los hombres frente a la casa disparándole desde adentro, toma el libro y conduce a Ana por la puerta de atrás para intentar escapar internándose en el follaje pero uno de los hombres logra verlo y le asesta un tiro en su pierna derecha haciéndolo caer, Ana se abalanza hacia él y con un mordisco en su cuello le destroza la arteria bañándolo en sangre de inmediato y este se desploma al suelo instantáneamente. Ana y Bob se encuentran en el borde del peñasco y prontamente se encuentran rodeados por los demás hombres quienes para ese momento ya los tienen encañonados por cada extremo, uno de ellos le ordena entregarles a la mujer pero Bob se niega, ella está aún en trance e intenta atacarlos nuevamente, varios hombres preparan sus armas y al momento de disparar Bob se interpone en su objetivo y varios proyectiles impactan en su pecho y cara, Ana recobra el sentido por un momento y levanta el cuerpo de Bob pero los hombres disparan nuevamente en la espalda de Ana quien se lanza al precipicio con el cuerpo de Bob entre sus brazos, en la caída ella contempla el rostro del único hombre del que se enamoró y este se difumina al momento de impactarse en el suelo. Los hombres se acercan al acantilado y desde allí observan los cuerpos impactados en el suelo y un charco de sangre al rededor de ellos.

24 horas después, noticia del periódico local:

El cuerpo de un hombre identificado como Bob Archer, miembro de una organización religiosa europea ha muerto luego de caer de un precipicio donde se encontraba en función de su deber, el cuerpo fue localizado por un grupo de cazadores horas después de haber perecido y junto a él, se encontraron huellas de otra persona que posiblemente estuvo con el hombre momentos antes de morir, ya que a pocos metros del cuerpo se encontraron huellas de sangre que se perdieron entre el follaje... 

Hector Ruiz-Ospina
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miércoles, 24 de septiembre de 2014

MUERE LENTAMENTE MUJER DE PELO ROJO (cuarta parte) "Naturaleza diabólica"

MUERE LENTAMENTE
MUJER DE PELO ROJO
(Final primera parte)
"Naturaleza diabólica"



La necrosis que afectaba el cuerpo de Ana era progresivo desde el mismo momento en que fue mordida por su compañera la cual estaba en un estado de posesión, a pesar de que su piel se desgarraba fácilmente en el transcurso del día, ella necesitaba una dosis de sangre y piel humana para recuperar su propia condición, esto la convertía en una asesina por necesidad y en una amenaza total en el lugar al que ella fuera. No obstante, su extraña naturaleza le impedía tener una conciencia propia a la hora de atacar y devorar los cuerpos, esto -en cambio- le enceguecía la parte humana y racional hasta el punto de transformar sus facciones desfigurándola totalmente, convirtiéndola en una especie de demonio sanguinario poseedora de una fuerza descomunal, además de una energía abrazadora. El encanto en los momentos de quietud la dotaban de una belleza llamativa y una figura estilizada que no pasaba desapercibida atrayendo a los hombres que se cruzaban por su camino. 

El ocaso que siguió al contratiempo de la tarde en que el hombre la hizo bajar del carro y que le provocó una muerte prematura no fue suficiente para ella; después de haberle arrancado el pene de un mordisco y dejarlo desangrar, provocó además una abertura en su abdomen con el filo de las uñas que aceleró la hemorragia. Ana había tomado el cadáver y los ingresó en la casa para luego meterlo en la bañera de su cuarto, lo dejó allí, se limpió la sangre y salió nuevamente. La noche le traería más sorpresas y ya habría tiempo suficiente para disfrutarlo esa misma noche o a la siguiente, eso no era problema ya que de alguna manera u otra Ana usaría el cuerpo para satisfacer su apetito y renovarse.

La noche la alcanzó en la carretera y faltaba poco para llegar al bar que estaba a las afueras de la ciudad, ese sería el ultimo lugar antes de dejar el condado y dirigirse a otro como solía hacer, para ella era mucho más fácil alejarse de un lugar antes de que las desapariciones empezaran a despertar sospechas y que en determinado caso fuera ella señalada o siquiera involucrada con los hechos. Al principio mataba indiscriminadamente pero nunca fue tomada en cuenta ya que era una niña-adolescente y era absurdo pensar siquiera que alguien como ella fuera la causante de las muertes, al cabo de los años descubrió una mejor manera de ocultarse en medio de sus actos y esto le resultaba más fácil si anduviera en constante movimiento, de aquí para allá  y eso fue lo que hizo exactamente desde que cumplió sus 16, todo parecía funcionar bien y al lugar que iba le brindaba lo que necesitaba: víctimas en las noches, alcohol y cigarro; en el día se sustentaba con el dinero que obtenía de los hombres que asesinaba.

Ana estacionó su vehículo justo enfrente del local, afuera estaba helado y por debajo de la puerta del bar se escapaba el humo del interior, abrió la puerta y absorbió el primer halo de vapor de cigarro mezclado con sudor y licor que inundaba cada rincón, mira a su alrededor y todo está lleno, al fondo del bar hay un grupo de rock tocando mientras los asistentes al lugar entonan las canciones; hay un espacio libre en la barra y hacia allí se dirige, se sienta y ordena al cantinero un vino tinto mientras saca un cigarrillo de su cartera. Junto a ella hay un hombre joven quien de inmediato le acerca un encendedor con la flama lista, ella acepta mientras su mirada se pierde en el verde intenso de sus ojos, inhala lentamente el humo del cigarro e impulsa su cabello hacia el lado derecho de su cara mientras el hombre sin parpadear guarda nuevamente el briquet en el bolsillo de su saco, levanta su copa de whisky y brinda a su salud. Ana se gira una vez más frente a la barra y por primera vez se sintió atraída por un hombre, era algo diferente y contrario a lo que normalmente la movía de una persona, al principio no le prestó importancia pero entrada la noche ya habían intercambiado una que otra palabra y en medio de la conversación se dio cuenta que él provenía del pueblo cercano al orfanato donde estuvo algunos años, la atracción fue mutua y esta se hizo más interesante a medida que las copas pasaban y los minutos se consumían en el reloj colgado en la pared. En un momento inesperado Ana sintió una picazón junto a sus labios y se rascó abriendo una pequeña herida que le recordaba su maldición y que de no encontrar su siguiente presa en breve, quedaría expuesta y su figura empezaría a deteriorarse rápidamente. Ana se desesperó por un momento y aunque tenía al joven muchacho junto a ella era obvio que no deseaba lastimarlo; él notó su cambio repentino y quiso ayudarla llevando la mano hasta su cara pero ella lo alejó de inmediato, bajó de su butaca y corrió rápidamente hasta el baño, en el trayecto por el pasillo había un hombre que le rozó una de sus nalgas al pasar. Acto seguido, Ana lo arrincona contra la pared e introduce la lengua en su boca, el hombre abre sus ojos amodorrados por el licor y se excita de inmediato, ella abre la puerta del baño de una patada y mete al hombre hasta el cubículo y se para en el sanitario, abre su camisa y con sus manos empuja la cabeza del hombre hasta su pecho quien sin dudarlo humedece sus delicados pezones entre saliva y alcohol, el hombre continúa hasta el vientre mientras mete su mano en medio de sus piernas e introduce unos cuantos dedos en su húmeda vagina, Ana se retuerce entre gemidos y lujuria mientras rodea el tronco del hombre quien la penetra sin piedad perdiéndose en medio de la locura del momento, el hombre la consume en embestidas poderosas sin darse cuenta que su espalda se desgarra entre arañazos y mordiscos en el cuello, pequeños hilos de sangre brotan por doquier pero el deseo es más poderoso, él no desea parar. El joven la recorre desde el pecho hasta su boca con su propia lengua sin sentir el sabor de la sangre que brota poco a poco de la herida a un costado de sus labios, ya para ese momento la sangre emanaba detrás de las orejas de Ana y parte de su cuello pero ella necesitaba sentir aquel orgasmo antes de arrancar la vida del mortal. Éste, al momento de su climax y entre espasmos recurrentes descubre la naturaleza de la mujer quien ya se encuentra lista para asestar el golpe final. El roce veloz de sus uñas no dieron tiempo al hombre de reaccionar cuando ya rasgaron su garganta, la otra mano se introdujo parte en su vientre sin darle tiempo de gritar. Alguien entró al baño en ese mismo instante y Ana no pudo consumar su acto por lo que tuvo que aventar el cuerpo del hombre muerto por la ventana que estaba casi a la altura del techo que daba hacia la calle, como pudo acomodó su ropa y sacó una mascada y la rodeo entre su cara y cuello mientras salía por la entrada principal para llevarse el cuerpo.
Ana caminó del pasillo hasta la entrada evadiendo la mirada del hombre con quien había pasado parte de la noche, continuó entre la gente y pudo salir sin contratiempo, se dirigió hasta el lugar donde debería estar el cuerpo pero no logró encontrarlo, en cambio pudo ver unas gotas de sangre y manchas en el suelo que marcaban el camino del desdichado que aunque no estaba muerto lo estaría en poco tiempo, las huellas terminaban detrás del contenedor de la basura y hasta allí se dirigió en medio de la suave niebla que acompañaba la madrugada de aquel nuevo día. Ana se acercó pero no vio al hombre, se asomó en el bote y no logró tampoco verlo en medio de la basura, miró nuevamente detrás del mismo y al momento de agacharse el hombre salta por su espalda apuñalandole en el hombro. Ana, con la fuerza que aun tenía pudo zafarse de él y arrojarlo unos cuantos metros; ella cayó al suelo arrodillada mientras intentaba quitarse el puñal de su espalda pero no logró ver al hombre quien -decidido a cobrar venganza- por su situación se abalanzó hacia ella hundiendo más el arma sometiendola por el cuello queriendo estrangularla, aunque fuera lo último que pudiera hacer; ella estaba acabada y era muy posible que el hombre la matara, no podía hacer nada y en el fondo se entregaba a su destino, en ese momento pensó que tal vez era una forma de huir del monstruo que la poseía. El hombre no cedía e intentaba a toda costa a acabar con la vida de la mujer pero la explosión de una pistola en medio de la noche le clavo un tiro en la cabeza que lo aniquiló en el acto sin darle tiempo de nada; Ana cayó al suelo y el hombre que estuvo toda la noche junto a ella se acercó a la escena aún con el cañón humeando, la tomó entre sus brazos y ella se desvaneció mientras él se la llevaba del lugar... 

Hector Ruiz-Ospina
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lunes, 8 de septiembre de 2014

MUERE LENTAMENTE MUJER DE PELO ROJO (tercera parte) INICIO

MUERE LENTAMENTE 
MUJER DE PELO ROJO
(tercera parte)
INICIO




Cuatro cuerpos yacen tirados en el piso: una mujer adulta y un hombre en la habitación donde Ana se encuentra, dos niños más en el pasillo que va hacia la cocina, La niña no sabe lo que pasó ni porqué los cuerpos están ensangrentados, ella está asustada y se da cuenta que sus manos y su ropa están llenas de la misma sangre que -incluso- impregna todas las paredes del cuarto, todo da vueltas a su alrededor y el olor de la escena sangrienta le produce nauseas, como puede y tropezando con lo que encuentra a su paso logra salir de la cabaña y al pisar el primer escalón de madera que hay en la entrada éste se rompe y una gran astilla penetra en su pantorrilla, Ana grita de dolor.

Ana despierta acelerada y nerviosa, no sabe donde se encuentra. Está en una cama y a través de la ventana observa la nieve caer, segundos después entra a la habitación una mujer, Ana se asusta pues es la misma que apareció en su pesadilla, la mujer se acerca a ella y toca su frente, voltea hacia atrás y llama a alguien, casi al mismo tiempo entra un hombre no muy viejo y se dirige hasta donde está la mujer, él tiene los ojos bien abiertos y en una de sus manos lleva un libro, el hombre luce un tanto preocupado y no parpadea. La mujer destapa parte del cuello y espalda de la niña descubriendo una marca de dientes infectada que mana una especie de pus, en su espalda también se ven unas extrañas lineas negras dentro del tejido y que van hasta la cadera de la niña. El hombre y la mujer se miran y ambos asienten con la cabeza; ella se dirige hasta la mesa que hay junto a la cama y vierte un polvo en un vaso con agua, se lo pasa a la niña para que lo beba pero Ana se resiste replegándose en la cabecera de la cama cubriéndose con la cobija, la señora la destapa y logra convencerla para que se tome la infusión diciéndole que le servirá para bajar la fiebre que aún tiene además de ayudarle en la herida que crece en su espalda. Ana toma todo el contenido del vaso y casi al instante empieza a convulsionar, de su boca sale espuma, el hombre y su esposa la toman de los brazos rasgando parte de su ropa dejando al descubierto el pecho y parte de su vientre, de su abdomen surgen unas extrañas lineas azules que se extienden a lo largo de su tronco y se unen en el cuello, luego llegan a su cara y se meten entre las pupilas dejando sus ojos completamente negros, la niña grita fuertemente pero las personas la someten mientras el hombre pone el libro sobre la mesa y en una de sus páginas empieza a recitar unas palabras en una lengua extraña, esto irrita la presencia que parece dominar los impulsos de Ana quien se retuerce ante cada verso pronunciado. El hombre saca un pequeño frasco con agua de su bolsillo y empieza a rociar el cuerpo de Ana pero este líquido al contacto con su piel expele u humo negro que se esparce en toda la habitación, aumentando la presión en el ambiente y despertando un extraño olor que penetra en cada rincón. Ana logra soltarse de la mujer y con un solo empujón la arroja contra la pared dejándola inconsciente, el hombre intenta huir pero ella toma un cuchillo que este trae sujeto a su cintura y de un tajo corta profundamente su cuello disparando chorros de sangre mientras su vida se esfuma antes de caer al suelo. La mujer recobra el sentido pero antes de que logre percatarse de la muerte de su esposo Ana la toma por el cuello y la penetra con sus uñas hasta que los dedos traspasan su maxilar, la mujer intenta gritar pero antes de que esto suceda Ana la golpea en el pecho con la otra mano introduciéndola casi por completo y cortando su corazón en pedazos lo cual le provocó la muerte inmediatamente. 
Ana se pone de pie y mira a su alrededor, toma el libro que está sobre la mesa, lo cierra y sale de la habitación; recorre el pasillo que da a la cocina y se detiene al momento de observar la chimenea en el extremo derecho donde queda la sala, se acerca hasta ese lugar y arroja el libro al fuego mientras este se consume casi por completo. En ese mismo momento se abre una de las puertas que están a un lado de la sala y salen dos jóvenes, uno más grande que el otro, ambos se asombran con la presencia de Ana, el mayor le pregunta por sus padres pero ella no contesta, él la mira llena de sangre pero no dice nada para no asustar a su hermano más pequeño, lo toma por los hombros y se dirigen hasta la cocina, el niño está muerto de miedo y tan solo espera que ella los ataque por la espalda, era necesario intentar huir y justo en la cocina queda una puerta por donde podrían escapar. Tan pronto llegan a la cocina, el niño más grande llevaba a su hermano delante de él, pero llevaba los ojos cerrados para no darse cuenta cuando Ana se acercara para matarlos, en todo caso el prefería morir primero que su hermanito. El trayecto de la sala a la cocina fue eterno y lleno de terror, cuando ambos estuvieron en la cocina el joven condujo a su hermano hasta la puerta y la abrió pero antes de salir miró hacia atrás y escuchó como la puerta de enfrente se azotaba fuertemente, se detuvo pero sacó a su pequeño hermano de la casa, se devolvió y miró hacia la sala pero ella ya no estaba así que recorrió el pasillo unos cuantos metros más y a través de la ventana logró ver a Ana perderse entre los árboles y la nieve.
Ana dejó la casa y se dirigió hacia el bosque rápidamente ignorando el frío y el inclemente estado del tiempo que le impediría desplazarse hacia cualquier lugar al que deseara llegar, no se lograba ver más allá de dos metros por delante, frente a ella estaba la cueva donde había acampado después de dejar el orfanato. Mientras camina recuerda la pesadilla que había tenido unas horas antes, la extraña presencia que aun la domina no la deja continuar. Ana se detiene y mira hacia atrás, desea regresar...

Hector Ruiz-Ospina
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martes, 2 de septiembre de 2014

MUERE LENTAMENTE MUJER DE PELO ROJO (segunda parte)

MUERE LENTAMENTE
MUJER DE PELO ROJO
(segunda parte)




Algunos años después...
Ana despierta presa del pánico en medio de la noche, afuera hay una gran tormenta con truenos y relámpagos que iluminan la oscura habitación, ella lleva sus manos a la cara para secar el sudor, aún está sobresaltada por la horrible pesadilla que tuvo y que la despertó antes del amanecer, coge el vaso con agua que hay junto a la cama y toma un poco, da una mirada al reloj y se da cuenta que aun falta mucho para amanecer . La furia de la lluvia le impide dormir nuevamente pero ella intenta descansar a toda costa, se siente agotada así que decide voltearse y taparse con la sábana; de inmediato siente un poco de humedad llegando hasta sus piernas, abre los ojos y salta de la cama, a pocos centímetros de ella está la silueta de una persona envuelta en la misma cobija, la intermitencia de la luz le deja ver manchas de sangre en casi toda la cama y de un jalón descubre el cuerpo quien estaba bañado en sangre. Ana se estremece e intenta correr pero no puede, aquel cuerpo es el de un hombre quien ha sido desmembrado de sus piernas y devorado en parte de su rostro, sus viseras resbalan por un lado de la cama y el charco de sangre se coagula en el suelo, la chica luce trastornada y agarra nuevamente el vaso con el agua, toma un poco más pero al dejarlo sobre la mesa nota que este se ha teñido de rojo, Ana corre hasta el baño y enciende la luz, en el espejo ve el reflejo de su cara ensangrentada y las cicatrices que aún no terminan de sanarle por completo y que en ocasiones le desgarran la carne, levanta sus manos temblorosas y descubre pedazos de tejido entre sus uñas y sangre seca que le llega casi hasta los codos, como puede abre la llave e intenta limpiarse. 
Ana ha bajado las escaleras como puede, llevando consigo el cuerpo del hombre, abre la puerta que da hacia el campo y lo arrastra por el lodo, el cadáver está muy pesado y resbala varias veces, unos cuantos metros lejos de la casa se encuentra un enorme árbol y bajo este una especie de pozo en donde la chica deja caer el cuerpo sin pensarlo; la lluvia la tiene toda empapada pero eso parece no importarle y ella regresa corriendo hasta la casa para deshacerse de todo lo demás antes de que amanezca. Poco a poco ella empieza a recordar lo que pasó aquella noche y como el hombre resultó muerto en su propia cama. El hecho parecía emocionarla y lentamente el miedo se disipó de su cabeza y se dibujó una sonrisa cuando llevó uno de sus dedos a su boca y saboreó con su lengua una gota de sangre que aún quedaba en el vaso de cristal. El humo de la ducha deja entrever unos pequeños pezones que rozan las paredes de vidrio mientras el agua lava las últimas muestras de sangre que ruedan por su cuello, las manos apoyadas se deslizan lentamente hasta perderse en la niebla entre sus piernas, enloqueciendo entre espasmos y gemidos de pasión que no se enmudecían ni siquiera con el ruido de los truenos desatándole un orgasmo brutal que la elevó del suelo y la escondió entre la nube de la ducha. 
Temprano en la mañana Ana se dispone a salir a la ciudad que queda cerca del lugar en donde vive, abrocha las cuerdas de sus tacones y cubre con una falda moretones y cicatrices de su enfermedad, esconde unas llagas que tiene en su espalda que manan sangre constantemente y cubre con un pañuelo su rostro en donde algo parecido a un carcinoma le carcome bajo su mentón parte de su cara y cuello, los adornos que se pone le hacen parecer más una joven rebelde y fuera de lo común que una chica enferma o asesina que se prepara a atacar. A pesar de lo que fuera Ana era una mujer muy atractiva y el rojo intenso de su cabello sumado al brillo de sus ojos le resultaban infalibles a la hora de conseguir lo que quería y el hombre que la viera caía presa de su encanto.
Poco antes de que Ana encienda el motor de su carro, una mano empuñando una pistola atraviesa la ventana encañonando su cabeza, el hombre desesperado le deja saber que él la había visto la noche anterior como lanzaba un cuerpo dentro el pozo, no solo esto era suficiente para llamar su atención sino que además le amenaza con informarle todo a la policía en caso de que ella no le diera lo que él quería. Ana baja del auto sin siquiera sentirse intimidada y le ofrece a cambio unos cuantos billetes, el hombre la mira de arriba a abajo y lleva una mano a su cara y se saborea con su lengua mientras continúa apuntándole con el arma, arrebata el manojo de billetes pero le dice que quedarse callado costaba más que eso y si deseaba comprar su silencio este le saldría un poco más costoso que el simple dinero; la chica no se opone a sus pretensiones y le invita a seguir al interior de su casa, el hombre vacila pero no accede así que se recuesta en el capot del carro, baja su pantalón y señalándole a la chica le ordena satisfacerlo con su boca. Ana dobla sus piernas, baja el calzón del hombre, quita el pañuelo de su cara y lo toma por sus caderas... 


Hector Ruiz-Ospina
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jueves, 21 de agosto de 2014

MUERE LENTAMENTE, MUJER DE PELO ROJO (Primera parte)

MUERE LENTAMENTE
MUJER DE PELO ROJO
(Primera parte)




Como duele esta piel, ¿cuánto más sufrimiento debo aguantar?, ¿porqué no te decides de una vez y me arrancas esta vida?... tu, si en realidad existes, matame de una vez. ¿Qué no es suficiente este tormento por las culpas y el dolor que he provocado?. 
Compadecete de mi oh Dios... se justo hoy conmigo y liberame del dolor, apaga la vida de este monstruo en el que me he convertido... perdóname...

Ana tenía 7 años cuando sus padres fallecieron en un trágico accidente; la vida de clase media a la que estuvo acostumbrada se esfumó sin darse cuenta y debió ser llevada a un orfanato lejos de su casa, allí reinició su educación en un ambiente conservador y lleno de exigencias, en ocasiones las niñas eran maltratadas y reprendidas como medida de respeto y sumisión hacia sus maestros, los cuales -algunos- eran benefactores propios de la granja y se encargaban de encontrar hogares en el extranjero para entregar a los jóvenes en adopción, una vez estuvieran listos para cumplir con ciertos requisitos que a menudo pedían las nuevas familias que los acogían. Cuando Ana cumplió sus nueve años ya conocía casi por completo el movimiento de la granja: el ir y venir de muchos niños de diferentes edades, los abusos y excesos por parte de los que dirigían el hogar, las negociaciones que se hacían en secreto en donde ponían precio a determinados niños en quienes habían depositado algún tipo de fijación, los movimientos de muchos de los empleados del orfanato y uno que otro secreto.
Ya se acercaba el frío invierno y la temperatura hacía pensar que la temporada de nieve se apresuraba sin avisar. Ana observaba cada noche desde su ventana como una de las niñas que había llegado con ella a la granja caminaba de la mano de una avejentada monja amargada, diario, casi a las 8 de la noche, en los últimos cinco días, allí permanecían al rededor de dos horas y luego salían pero la pequeña era llevada a otro dormitorio; esta mujer las castigaba constantemente y rara vez se le vio una sonrisa en su rostro. Esta niña había cambiado su comportamiento en ese último mes y empezó a alejarse de sus otras compañeras quienes no tardaron en notarlo, su agresividad cuando los demás estaban cerca de ella la hizo ganarse enemistad con la gran mayoría, pero ella parecía estar sumida en otro mundo, ya casi no comía y en cambio encontraba en las charlas con la monja un placer casi instantáneo, el brillo en su mirada y las ojeras de no dormir le daban un aire tenebroso creando una barrera cada vez más grande con todos los demás del grupo. Era obvio que a Ana le intrigaba el extraño comportamiento de su compañera y esa misma noche tenía planeado escabullirse de su habitación (como solía hacerlo casi a diario) y entrar al cobertizo donde dormían los caballos para -de una vez- darse cuenta de lo que allí pasaba; la nieve empezó a caer por primera vez ese mismo viernes y armada de un buen abrigo Ana caminó hasta la cabaña donde su amiga y la madre ya se encontraban, no hizo mucho ruido y se percató de no ser vista, abrió la puerta levemente, suficiente para que su cuerpo pasara y las bisagras no rechinaran, una vez adentro camino unos cuantos pasos lentamente para no acelerar a los caballos, al fondo una luz de hoguera y las siluetas difuminadas de las dos, la niña estaba sentada y la monja parada frente a ella, ambas recitaban unas palabras en una lengua extraña. Había un libro grande sobre una piedra al lado de ellas y la monja recitaba unos cuantos versos que de allí obtenía, la niña parecía en trance y se encontraba desnuda. La mujer exhalaba humo y acercaba su boca hacia la niña quien aspiraba lo que ella le pasaba, la hoguera crecía y cambiaba entre rojo y amarillo dibujando siluetas de animales y emitiendo chillidos como los de un primate. Ana se asustó y quiso salir corriendo pero tropezó en un montículo de paja cayendo al suelo de inmediato, las mujeres la descubrieron y detuvieron su ritual, la monja corrió detrás de ella y la alcanzó antes de que saliera del cobertizo, la tomó por el cabello y la levantó del piso, Ana la golpeó en la frente con una herradura que agarró del suelo, la mujer parecía endemoniada y la lanzó unos cuantos metros delante de ella, su frente sangraba por el golpe aún así agarró una enorme piedra con intención de arrojarsela a Ana quien estaba ya en el piso aturdida por la caída, en medio de la conmoción la joven toma el tridente que se usa para recoger la paja que estaba a escasos centímetros de ella y presa del pánico lo clava en el pecho de la monja, ésta cae bañada en sangre en una agonía entre gritos y espasmos. Ana intenta salir del lugar y antes de abrir la puerta la otra niña salta sobre su espalda y clava sus dientes en su hombro, los dientes penetran la carne y sus manos rodean su cuello queriendo estrangularla, Ana intenta alejarla pero la niña tiene mucha fuerza, en su mano lleva un cuchillo propinándole una herida en su brazo, ambas caen sobre la paja, la niña tiene el arma en el cuello de Ana y se acerca hasta su cara, susurra unas palabras y de su boca sale un hilo delgado de humo que penetra en su nariz, ésta aprovecha el momento y arrebata el cuchillo que aprisiona su garganta para luego clavarlo en el cuello de la poseída, seccionándole la arteria de inmediato disparando chorros de sangre por doquier bañando a Ana en casi todo su cuerpo. Por fin los gritos se disuelven y Ana se apresura hasta la puerta, la abre y mira el edificio donde está su dormitorio, su ropa está impregnada del rojo de la sangre y el cuchillo aun lo sostiene en su mano temblorosa, se detiene y ve la luz encendida en el dormitorio de la directora, no está segura pero cree que ella la observa entre las cortinas, aún conmocionada por los hechos retrocede en sus pasos y corre velozmente perdiéndose entre los árboles que conducen a la colina y la densa nieve que caía copiosamente, Ana no se detuvo y continuó corriendo hasta que el cansancio se apoderó de ella, se detuvo exhausta en una abertura en la pared en la cima de la colina donde logró entrar, ya era de noche y no sabía cuanto se había alejado del orfanato, temblaba y sus labios lucían morados y desgarrados por el intenso frío, soltó el cuchillo que aún apretaba en su mano y se recostó en una piedra que había en el interior de la cueva. La mordedura que le había hecho la otra niña empezaba a picarle, destapó su hombro y pudo darse cuenta que la herida empezaba a crecer, intentó rascarse y con las uñas desprendió un poco de su piel, inmediatamente del interior empezó a manar una especie de pus nauseabundo, Ana estaba preocupada, asustada, en su cabeza todavía estaban las imágenes de lo que había acontecido aquel día.  En el fondo de la cueva se escuchó una especie de lamento, Ana se asusta e intenta descubrir el origen de aquella voz, toma el cuchillo nuevamente y se queda pegada a la pared, al fondo logra ver una extraña figura, al mismo momento una mano la toma por su hombro, Ana se llena de pánico y grita, corre por fuera de la cueva y tropieza con una piedra golpeándose la cabeza en la caída, ha quedado inconsciente... 


Hector Ruiz-Ospina
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jueves, 14 de agosto de 2014

PECADO SANTO (La última tentación)

PECADO SANTO
(La última tentación)




La fila de feligreses que se disponían a compartir y recibir la comunión llegaba casi hasta la calle. Los últimos días habían sido tormentosos para Robert ya que la misteriosa mujer había logrado, no solo meterse en su cabeza, sino que también había diezmado la cordura que lo mantenía fiel al celibato que juró respetar antes de ordenarse. Los días que siguieron a las extrañas visitas de la mujer habían creado una fijación desmedida en el sacerdote, quien a los pocos días mostraba una obsesión por ella; llegando hasta el punto de imaginarla en medio de la gente que se reunía a escuchar la misa. Su mirada se perdía entre escotes, aberturas de faldas y labios rojos; se esforzaba por mantener la cadencia de sus palabras y la coherencia en cada uno de los ritos y evangelios que, luchaban constantemente con el inconsciente perverso del cura, el cual ya empezaba a discernir fuertes e incontroladas emociones. Pensaba que la mujer estaba cerca de él, tal vez en las sillas frente al altar; o quizá recibiendo la comunión, o bien parada en alguna de las columnas del templo. Ese día fue distinto a todos ya que, entre hostias y patenas sintió el aroma fresco del jazmín; idéntico al que usaba la mujer que misteriosamente lo visitaba. De pronto se aproximó a él una muchacha que llevaba un gran escote, tan pronunciado que fácilmente mostraba más de medio seno; incluso su pezón en la transparencia de su blusa, lo cual no fue indiferente para Robert; esto le produjo una erección inmediata que amenazaba hacer saltar por los aires el botón de su pantalón. El hombre estaba en serios aprietos, pero no podía perder el control y tan pronto la mujer abrió la boca y sacó levemente su lengua; provocó que el corazón del predicador bombeara sangre hasta su cerebro, generándole un poco de temblor al momento de pasarle la comunión; sus mejillas igualmente se enrojecieron. La chica no mostró ninguna señal que la delatara o que al menos le diera la seguridad de que ella era y apenas recibió su hostia, dio media vuelta y regreso a su lugar. Robert sintió un respiro y no tuvo argumentos de peso como para deducir que ésta era su pecadora misteriosa. En el peor de los casos, había allí muchas más mujeres que podrían asemejar la tenue figura que él podía percibir desde el otro lado de la ventanita y que de todos modos no podía identificar. Cuando ya había terminado se dirigió hacia el altar; pudo sentir la humedad en sus pantalones la cual  pudo cubrir fácilmente con su sotana y a pesar de su incomodidad continuó con lo que faltaba de la eucaristía.

Una semana antes...

-Ya no lo puedo ocultar...es usted padre el dueño de mis más intensos sueños de pasión que me persiguen aún despierta- La chica con voz temblorosa continuó -Sé que tal vez esto es una locura, pero es lo que siento-. Robert no esperaba una declaración de este tipo y menos que él fuera el motivo que la tenía a ella con esta serie de emociones -No sé qué decir. Yo…- El padre estaba desarmado. -No diga nada padre, solo quiero que sepa que me he dado cuenta que usted me busca como loco entre la gente y he podido darme cuenta que me desea apasionadamente; como yo a usted...- La intensidad se apoderó de la chica y Robert titubeó –Pero; como te atreves...- La mujer se pegó a la ventana tensando la tela casi hasta romperse -Me atrevo porque sé que usted desea hacerme suya;  sé que usted se muere por sentir mi lengua recorriendo todo su cuerpo mientras hacemos el amor...- Robert cerró los ojos y mientras la mujer continuaba hablando, él metió la mano debajo de su sotana, desabrochó su pantalón y sacó su miembro para empezar a masturbarse; la chica había poseído su mente y él escuchaba sus leves jadeos que se colaban a través de la tela empapada por su exhalación envuelta en pasión. Robert se encegueció por un momento y no se dio cuenta que la joven ya no hablaba. Segundos más tarde, como pudo salió del trance; abrió la puerta del cubículo y ella ya no estaba allí. A un paso de la puerta salía una mujer casi corriendo, pero él tan solo pudo ver la ondulación de su cabello perdiéndose rápidamente al doblar hacia la izquierda; Robert corrió detrás de ella y cayó al suelo en el intento con el pantalón en sus rodillas, la rapidez de los hechos no le dieron tiempo de asegurarlo a su cintura. El golpe en el suelo le hizo reaccionar, dejándole claro que si cometía ese mismo error nuevamente; podría ser descubierto por alguno de sus devotos poniendo en riesgo, no solo su reputación, sino también su permanencia en la parroquia. Ese día afortunadamente la iglesia ya estaba vacía.

Robert estaba pasando una prueba muy fuerte ya que todo el tiempo pensaba solo en ella, de día y de noche; era muy probable que estuviera enamorado y peor aún, ya la deseaba apasionadamente. Era una especie de obsesión mental y sexual que no lo dejaba en paz, el problema era que solo la podía tener del otro lado del confesionario de manera inesperada; él deseaba conocer su rostro y abrazarla, decirle todo lo que ella significaba en su cabeza y tratar de descubrir si las sensaciones eran solo una simple muestra de atracción por todo lo que ella le hablaba, o si en realidad,  eso ya iba más allá de una simple fijación. La complejidad de sus emociones no le permitía aclarar sus ideas y definir lo que le estaba pasando. Los días siguieron su curso y después de mucho pensarlo, Robert estaba decidido a encararla tan pronto ella regresara a la iglesia. Justamente las dos, tres; cuatro semanas siguientes ella no se presentó y esto provocó una depresión que mantuvo a Robert con el ánimo abajo, haciéndolo parecer más como un zombi que como un predicador.

Cinco semanas después...

Robert un tanto cansado y aburrido se recostó al lado de la ventana del confesionario -No te preocupes hija, el arrepentimiento es la mejor muestra que deseas cambiar. Habla con tu padre Dios cada que sientas desfallecer y estoy seguro que él te oirá y te iluminará- Del otro lado se escucha un "amén", posterior a esto se abre y se cierra nuevamente la puerta del confesionario; Robert asoma la cabeza y no ve a nadie más afuera, se recostó otra vez en su silla y suspiró, se quitó la estola violeta y antes de levantarse percibió el aroma a jazmín atravesar la ventana que le llegó hasta lo más profundo de su ser; su corazón comenzó a palpitar aceleradamente y logró ver la silueta que esperaba justo del otro lado. Él no lo podía creer, pues el último feligrés cerró la puerta del templo al salir. Robert estregó sus ojos con las manos y se dio cuenta que no estaba alucinando; precipitadamente se levantó y abrió la puerta de madera que lo separaba de la joven, ésta se puso de pie muy nerviosa pero, al sentirse descubierta se abalanzó sobre él y rodeándolo por el cuello se fundieron en un beso más que sexual; sus lenguas se entrelazan como serpientes y Robert la tomó fuerte por sus nalgas, ambos cayeron al suelo dando vueltas sin parar. Ella ya lo conocía a él, pero Robert a ella no. Sus intensos ojos verdes y el rojo sensual de sus labios llevaron al predicador hasta la locura; la lujuria y el deseo se apoderaron de él y en ese momento descargó todo lo que sentía. La ropa de ambos en parte se esparció por el pasillo del templo, Robert perdió su camisa y ella, además, su sostén; él recorría con su lengua la blancura de sus senos hasta su cintura y ella en cambio, arañaba con sus uñas la espina dorsal convulsionada del sacerdote mientras le desabrochaba el pantalón. Ambos se envolvieron en un mundo de deseo y desenfreno total, porque juntos estaban dispuestos a llegar hasta el final.
Robert ya no pudo contenerse, el deseaba hacerla suya y bruscamente le bajó el cierre de su jean  -Espera- ella detuvo su mano en el intento por desnudarla por completo -Espera Robert, no es fácil para mí. Esto no puede ser, no puedes hacerlo; no quieres hacerlo- Robert desistió en quitarle el pantalón y la tomó tiernamente por su rostro -Pero que estás diciendo mujer. Vives en mí, te necesito; siempre te he amado- Ella puso sus manos sobre las suyas -No Robert, tú no sabes nada de mí; ni siquiera quien soy o de dónde vengo- Robert puso uno de sus dedos en los labios de la mujer -No digas nada, no necesito saber nada de ti. Sea lo que sea te amo, te amo con locura y no deseo dejarte ir; siempre he estado esperando por ti- La chica agachó su cabeza -No sabes lo que dices Robert; si te das cuenta de quién soy me dejarás y tan solo me quedará este hermoso momento- Robert la tomó de la barbilla y la miró fijamente a los ojos -Óyeme bien, nada en este mundo hará que me arrepienta de esto, te lo juro; te amo y siempre te amaré. Ella lo agarró del brazo y lo miró igualmente -No soy lo que tú piensas que soy. Aún estoy aquí encerrada; en este cuerpo de hombre-. 

Hector Ruiz-Ospina
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domingo, 20 de julio de 2014

PECADO SANTO (fragmento I)

PECADO SANTO
(fragmento I)



Era cerca 5 de la tarde, Robert llevaba casi media hora en el confesionario escuchando las múltiples culpas que le llevaban a diario los feligreses, los cuales se daban cita en la iglesia casi a diario en busca redención por sus pecados. El sacerdote había sido bien recibido por la comunidad, aunque no por todos; ya que estaban acostumbrados al anciano presbítero que convivió con la ellos por casi cuarenta años y que recientemente había muerto, dejando a los feligreses del pueblo con las puertas del templo cerradas. Los primeros días del nuevo párroco fueron difíciles puesto que, muchas personas le cuestionaban su vocación: unos hablaban de la tentación que éste podría provocar en las jovencitas del pueblo, por el hecho de ser un hombre atractivo y con buena presencia; otros tantos pensaban que la credibilidad de un "enviado de Dios" sería más aceptada si se tratase de un hombre más viejo, con aspecto benevolente y no uno tan joven como lo era Robert.
Efectivamente las primeras ceremonias se celebraron con muy poca afluencia de gente, pero esto empezó a cambiar a medida que pasaron los días y todos empezaban a aceptar a Robert como su nuevo consejero espiritual. Además, se fue ganando la simpatía de la gente por sus ideas frescas y que ayudaban -en todo sentido- a las clases menos favorecidas; sacando recursos de festivales y ayudas privadas de la gente más adinerada, que luego destinaba en suplir ciertas necesidades de la propia comunidad.
Después del segundo mes a cargo de la parroquia, casi la totalidad del pueblo ya asistía a sus ceremonias y los antiguos confesantes regresaron como de costumbre a arrodillarse tras la tela que los separaba de su confesor; incluso personas que antes no se atrevían a hablar sobre sus culpas con el anciano padre de antes, ahora lo hacían con total libertad; pues Robert ya inspiraba demasiada confianza y su técnica de redención se ganó muchos más adeptos. Esa tarde de domingo estuvo muy cargada de trabajo; muchas personas pasaron por el confesionario y por momentos Robert pensaba que no terminaría. Tomó un respiro y se asomó por fuera del cubículo; tan solo había 5 personas más y esto le dio algo de alivio. Cuando la última de ellas salió de allí, él se levantó de su silla y estiró sus brazos en el estrecho espacio que hay en el interior; antes de salir escuchó una voz suave de mujer que provino del otro lado de la ventanita cubierta con tela, él se extrañó pero aguardó un momento y se sentó a escuchar lo que la mujer le decía.

-Padre, soy una pecadora, creo que no debo seguir viviendo- La mujer hablaba con una voz muy suave y apacible. -hija no debes hablar de esa manera, cuéntame lo que te pasa- le contestó el padre esperando una justificación a aquellas palabras.
-Estoy segura que no me puede ayudar, nadie me puede ayudar esta vez...- la mujer pegó su cara en la tela y en medio de la translucidez el cura vislumbró unos labios rojos pero no logró ver su rostro -Eres egoísta al pensar que nadie te puede ayudar con tus problemas, cuéntame; tal vez yo pueda guiarte en la solución de lo que te aqueja...- La chica se quedó callada por un instante y suspiró -Espero que usted pueda ayudarme, lo deseo con el alma- Robert intentó identificar su cara a través de la tela negra, pero no vio más allá de los labios rojos que se acercaban y se alejaban a medida que ella hablaba. -Yo soy nueva en esta parroquia, de hecho casi no convivo con la gente y jamás había sentido algo como esto; tengo la presencia de un hombre en mi cabeza que me tortura cada que pienso en él. Hace poco lo conocí y me vuelve loca- La chica se emocionó cuando habló de aquel hombre y Robert intuyó que ese es era el origen de su problema -muy bien hija, entonces tu problema tiene que ver con un hombre, pero; ¿qué es tan malo en eso? el amor es el más puro sentimiento...- La joven golpeó con fuerza la pared de madera que la separaba del padre -Es que usted no me entiende padre, este hombre es inalcanzable para mí-. Robert analizó las palabras de la mujer por un momento y trató de descubrir el motivo por el que la chica pensaba de esta manera; él intuía que a lo mejor la joven estaba enamorada -o creía estarlo- de algún hombre casado o quizá, uno que no la tomaba en cuenta. Pasaron muchas cosas por la cabeza del padre en ese momento -Bueno hija, ¿cuál es el motivo para que tu creas que este hombre no puede ser para ti?- Robert esperó unos segundos pero la chica no respondía, interrogó de nuevo sin obtener respuesta alguna; la situación le impacienta y salió del confesionario esperando ver a la mujer, pero la puerta del otro lado estaba abierta y nadie en su interior. Llevó una mano a su cabeza y recorrió el camino hasta el portón del templo para cerrar. Ya no había nadie allí y por fin tendría tiempo para descansar. Aunque la última mujer le mantuvo intrigado, pensó que tal vez eso se trataba de una broma o quizá la idea loca de alguna adolescente que solo buscaba llamar la atención.  
Pasaron unos cuantos días y la iglesia aumentaba el número de súbditos que acudían en todo momento a escuchar la misa precedida por Robert, la gente pasaba mucho tiempo allí y la fama del padre se extendió, incluso, a los pueblos vecinos y muchos de ellos llegaban a la iglesia los domingos solo para escuchar la eucaristía del joven padre, que ya tenía un espacio ganado en la comunidad. El siguiente domingo, como de costumbre, se sentó a escuchar los disparates de unos cuantos y los diminutos problemas que aquejaba a otros. Al finalizar la jornada sintió nuevamente la presencia de la misteriosa mujer que ingresó al confesionario; su corazón se aceleró sin una explicación; pero aun así se acomodó y la invitó a hablar.
-Padre, he regresado, ha pasado algo maravilloso- La mujer luce entusiasmada, Robert solo escucha -esta semana he soñado con aquel hombre, lo que he sentido ha sido algo mágico, me siento feliz- Robert se sintió tranquilo y creyó que, tal vez la chica había encontrado una manera de sublimar sus sentimientos y que, de algún modo, el soñar le sirvió para evadir la realidad en la que se sentía limitada -Me parece bien hija, hoy te escucho más tranquila, pero dime, ¿cómo te llamas?- La joven no dijo nada pero Robert logró escuchar como ella deslizaba su mano por la madera delante de él -No importa cómo me llamo padre. Tengo entendido que ustedes solo escuchan los pecados sin importar nada más, por eso cubren este espacio con tela negra; ¿no es así? Además, yo quiero hablarle del sueño que tuve- La chica desarmó la pregunta del padre y éste, no encontró otra manera de saber el nombre de la joven -Tienes razón hija, en la casa de Dios no importan los nombres sino lo que se trae en el corazón. Háblame de tu sueño- La mujer tomó aire y se escuchó como exhalaba, produciendo algo sonido entre sus dientes -Padre, esto fue algo realmente maravilloso; el hombre que amo apareció en mi sueño un día de esta semana. Llegó hasta mi cama. Yo dormía desnuda; él se sentó a mi lado y respiró cálida mente en mi cuello e hizo erizar cada uno de mis bellos, mis senos se endurecieron y al voltearme, vi como sus ojos brillaban y mi reflejo estaba allí;  él me tomó entre sus brazos y deslizó su lengua por mi cuello hasta hacerme gemir de deseo- Robert escuchaba, intentó detenerla pero se contuvo, no pudo hacerlo, en cambio, pegó su cabeza junto a la ventana y cerró sus ojos; la voz de la chica estaba a escasos centímetros de él y el vapor de su boca le llegaba mientras éste lo sentía. Sus palabras ametrallaban su cabeza y su pantalón negro ya mostraba una gran erección.

Hector Ruiz-Ospina
Derechos reservados 


   

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