Libro
Presentado en la 25ª Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011.

domingo, 20 de julio de 2014

PECADO SANTO (fragmento I)

PECADO SANTO
(fragmento I)



Era cerca 5 de la tarde, Robert llevaba casi media hora en el confesionario escuchando las múltiples culpas que le llevaban a diario los feligreses, los cuales se daban cita en la iglesia casi a diario en busca redención por sus pecados. El sacerdote había sido bien recibido por la comunidad, aunque no por todos; ya que estaban acostumbrados al anciano presbítero que convivió con la ellos por casi cuarenta años y que recientemente había muerto, dejando a los feligreses del pueblo con las puertas del templo cerradas. Los primeros días del nuevo párroco fueron difíciles puesto que, muchas personas le cuestionaban su vocación: unos hablaban de la tentación que éste podría provocar en las jovencitas del pueblo, por el hecho de ser un hombre atractivo y con buena presencia; otros tantos pensaban que la credibilidad de un "enviado de Dios" sería más aceptada si se tratase de un hombre más viejo, con aspecto benevolente y no uno tan joven como lo era Robert.
Efectivamente las primeras ceremonias se celebraron con muy poca afluencia de gente, pero esto empezó a cambiar a medida que pasaron los días y todos empezaban a aceptar a Robert como su nuevo consejero espiritual. Además, se fue ganando la simpatía de la gente por sus ideas frescas y que ayudaban -en todo sentido- a las clases menos favorecidas; sacando recursos de festivales y ayudas privadas de la gente más adinerada, que luego destinaba en suplir ciertas necesidades de la propia comunidad.
Después del segundo mes a cargo de la parroquia, casi la totalidad del pueblo ya asistía a sus ceremonias y los antiguos confesantes regresaron como de costumbre a arrodillarse tras la tela que los separaba de su confesor; incluso personas que antes no se atrevían a hablar sobre sus culpas con el anciano padre de antes, ahora lo hacían con total libertad; pues Robert ya inspiraba demasiada confianza y su técnica de redención se ganó muchos más adeptos. Esa tarde de domingo estuvo muy cargada de trabajo; muchas personas pasaron por el confesionario y por momentos Robert pensaba que no terminaría. Tomó un respiro y se asomó por fuera del cubículo; tan solo había 5 personas más y esto le dio algo de alivio. Cuando la última de ellas salió de allí, él se levantó de su silla y estiró sus brazos en el estrecho espacio que hay en el interior; antes de salir escuchó una voz suave de mujer que provino del otro lado de la ventanita cubierta con tela, él se extrañó pero aguardó un momento y se sentó a escuchar lo que la mujer le decía.

-Padre, soy una pecadora, creo que no debo seguir viviendo- La mujer hablaba con una voz muy suave y apacible. -hija no debes hablar de esa manera, cuéntame lo que te pasa- le contestó el padre esperando una justificación a aquellas palabras.
-Estoy segura que no me puede ayudar, nadie me puede ayudar esta vez...- la mujer pegó su cara en la tela y en medio de la translucidez el cura vislumbró unos labios rojos pero no logró ver su rostro -Eres egoísta al pensar que nadie te puede ayudar con tus problemas, cuéntame; tal vez yo pueda guiarte en la solución de lo que te aqueja...- La chica se quedó callada por un instante y suspiró -Espero que usted pueda ayudarme, lo deseo con el alma- Robert intentó identificar su cara a través de la tela negra, pero no vio más allá de los labios rojos que se acercaban y se alejaban a medida que ella hablaba. -Yo soy nueva en esta parroquia, de hecho casi no convivo con la gente y jamás había sentido algo como esto; tengo la presencia de un hombre en mi cabeza que me tortura cada que pienso en él. Hace poco lo conocí y me vuelve loca- La chica se emocionó cuando habló de aquel hombre y Robert intuyó que ese es era el origen de su problema -muy bien hija, entonces tu problema tiene que ver con un hombre, pero; ¿qué es tan malo en eso? el amor es el más puro sentimiento...- La joven golpeó con fuerza la pared de madera que la separaba del padre -Es que usted no me entiende padre, este hombre es inalcanzable para mí-. Robert analizó las palabras de la mujer por un momento y trató de descubrir el motivo por el que la chica pensaba de esta manera; él intuía que a lo mejor la joven estaba enamorada -o creía estarlo- de algún hombre casado o quizá, uno que no la tomaba en cuenta. Pasaron muchas cosas por la cabeza del padre en ese momento -Bueno hija, ¿cuál es el motivo para que tu creas que este hombre no puede ser para ti?- Robert esperó unos segundos pero la chica no respondía, interrogó de nuevo sin obtener respuesta alguna; la situación le impacienta y salió del confesionario esperando ver a la mujer, pero la puerta del otro lado estaba abierta y nadie en su interior. Llevó una mano a su cabeza y recorrió el camino hasta el portón del templo para cerrar. Ya no había nadie allí y por fin tendría tiempo para descansar. Aunque la última mujer le mantuvo intrigado, pensó que tal vez eso se trataba de una broma o quizá la idea loca de alguna adolescente que solo buscaba llamar la atención.  
Pasaron unos cuantos días y la iglesia aumentaba el número de súbditos que acudían en todo momento a escuchar la misa precedida por Robert, la gente pasaba mucho tiempo allí y la fama del padre se extendió, incluso, a los pueblos vecinos y muchos de ellos llegaban a la iglesia los domingos solo para escuchar la eucaristía del joven padre, que ya tenía un espacio ganado en la comunidad. El siguiente domingo, como de costumbre, se sentó a escuchar los disparates de unos cuantos y los diminutos problemas que aquejaba a otros. Al finalizar la jornada sintió nuevamente la presencia de la misteriosa mujer que ingresó al confesionario; su corazón se aceleró sin una explicación; pero aun así se acomodó y la invitó a hablar.
-Padre, he regresado, ha pasado algo maravilloso- La mujer luce entusiasmada, Robert solo escucha -esta semana he soñado con aquel hombre, lo que he sentido ha sido algo mágico, me siento feliz- Robert se sintió tranquilo y creyó que, tal vez la chica había encontrado una manera de sublimar sus sentimientos y que, de algún modo, el soñar le sirvió para evadir la realidad en la que se sentía limitada -Me parece bien hija, hoy te escucho más tranquila, pero dime, ¿cómo te llamas?- La joven no dijo nada pero Robert logró escuchar como ella deslizaba su mano por la madera delante de él -No importa cómo me llamo padre. Tengo entendido que ustedes solo escuchan los pecados sin importar nada más, por eso cubren este espacio con tela negra; ¿no es así? Además, yo quiero hablarle del sueño que tuve- La chica desarmó la pregunta del padre y éste, no encontró otra manera de saber el nombre de la joven -Tienes razón hija, en la casa de Dios no importan los nombres sino lo que se trae en el corazón. Háblame de tu sueño- La mujer tomó aire y se escuchó como exhalaba, produciendo algo sonido entre sus dientes -Padre, esto fue algo realmente maravilloso; el hombre que amo apareció en mi sueño un día de esta semana. Llegó hasta mi cama. Yo dormía desnuda; él se sentó a mi lado y respiró cálida mente en mi cuello e hizo erizar cada uno de mis bellos, mis senos se endurecieron y al voltearme, vi como sus ojos brillaban y mi reflejo estaba allí;  él me tomó entre sus brazos y deslizó su lengua por mi cuello hasta hacerme gemir de deseo- Robert escuchaba, intentó detenerla pero se contuvo, no pudo hacerlo, en cambio, pegó su cabeza junto a la ventana y cerró sus ojos; la voz de la chica estaba a escasos centímetros de él y el vapor de su boca le llegaba mientras éste lo sentía. Sus palabras ametrallaban su cabeza y su pantalón negro ya mostraba una gran erección.

Hector Ruiz-Ospina
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