Libro
Presentado en la 25ª Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011.

jueves, 21 de agosto de 2014

MUERE LENTAMENTE, MUJER DE PELO ROJO (Primera parte)

MUERE LENTAMENTE
MUJER DE PELO ROJO
(Primera parte)




Como duele esta piel, ¿cuánto más sufrimiento debo aguantar?, ¿porqué no te decides de una vez y me arrancas esta vida?... tu, si en realidad existes, matame de una vez. ¿Qué no es suficiente este tormento por las culpas y el dolor que he provocado?. 
Compadecete de mi oh Dios... se justo hoy conmigo y liberame del dolor, apaga la vida de este monstruo en el que me he convertido... perdóname...

Ana tenía 7 años cuando sus padres fallecieron en un trágico accidente; la vida de clase media a la que estuvo acostumbrada se esfumó sin darse cuenta y debió ser llevada a un orfanato lejos de su casa, allí reinició su educación en un ambiente conservador y lleno de exigencias, en ocasiones las niñas eran maltratadas y reprendidas como medida de respeto y sumisión hacia sus maestros, los cuales -algunos- eran benefactores propios de la granja y se encargaban de encontrar hogares en el extranjero para entregar a los jóvenes en adopción, una vez estuvieran listos para cumplir con ciertos requisitos que a menudo pedían las nuevas familias que los acogían. Cuando Ana cumplió sus nueve años ya conocía casi por completo el movimiento de la granja: el ir y venir de muchos niños de diferentes edades, los abusos y excesos por parte de los que dirigían el hogar, las negociaciones que se hacían en secreto en donde ponían precio a determinados niños en quienes habían depositado algún tipo de fijación, los movimientos de muchos de los empleados del orfanato y uno que otro secreto.
Ya se acercaba el frío invierno y la temperatura hacía pensar que la temporada de nieve se apresuraba sin avisar. Ana observaba cada noche desde su ventana como una de las niñas que había llegado con ella a la granja caminaba de la mano de una avejentada monja amargada, diario, casi a las 8 de la noche, en los últimos cinco días, allí permanecían al rededor de dos horas y luego salían pero la pequeña era llevada a otro dormitorio; esta mujer las castigaba constantemente y rara vez se le vio una sonrisa en su rostro. Esta niña había cambiado su comportamiento en ese último mes y empezó a alejarse de sus otras compañeras quienes no tardaron en notarlo, su agresividad cuando los demás estaban cerca de ella la hizo ganarse enemistad con la gran mayoría, pero ella parecía estar sumida en otro mundo, ya casi no comía y en cambio encontraba en las charlas con la monja un placer casi instantáneo, el brillo en su mirada y las ojeras de no dormir le daban un aire tenebroso creando una barrera cada vez más grande con todos los demás del grupo. Era obvio que a Ana le intrigaba el extraño comportamiento de su compañera y esa misma noche tenía planeado escabullirse de su habitación (como solía hacerlo casi a diario) y entrar al cobertizo donde dormían los caballos para -de una vez- darse cuenta de lo que allí pasaba; la nieve empezó a caer por primera vez ese mismo viernes y armada de un buen abrigo Ana caminó hasta la cabaña donde su amiga y la madre ya se encontraban, no hizo mucho ruido y se percató de no ser vista, abrió la puerta levemente, suficiente para que su cuerpo pasara y las bisagras no rechinaran, una vez adentro camino unos cuantos pasos lentamente para no acelerar a los caballos, al fondo una luz de hoguera y las siluetas difuminadas de las dos, la niña estaba sentada y la monja parada frente a ella, ambas recitaban unas palabras en una lengua extraña. Había un libro grande sobre una piedra al lado de ellas y la monja recitaba unos cuantos versos que de allí obtenía, la niña parecía en trance y se encontraba desnuda. La mujer exhalaba humo y acercaba su boca hacia la niña quien aspiraba lo que ella le pasaba, la hoguera crecía y cambiaba entre rojo y amarillo dibujando siluetas de animales y emitiendo chillidos como los de un primate. Ana se asustó y quiso salir corriendo pero tropezó en un montículo de paja cayendo al suelo de inmediato, las mujeres la descubrieron y detuvieron su ritual, la monja corrió detrás de ella y la alcanzó antes de que saliera del cobertizo, la tomó por el cabello y la levantó del piso, Ana la golpeó en la frente con una herradura que agarró del suelo, la mujer parecía endemoniada y la lanzó unos cuantos metros delante de ella, su frente sangraba por el golpe aún así agarró una enorme piedra con intención de arrojarsela a Ana quien estaba ya en el piso aturdida por la caída, en medio de la conmoción la joven toma el tridente que se usa para recoger la paja que estaba a escasos centímetros de ella y presa del pánico lo clava en el pecho de la monja, ésta cae bañada en sangre en una agonía entre gritos y espasmos. Ana intenta salir del lugar y antes de abrir la puerta la otra niña salta sobre su espalda y clava sus dientes en su hombro, los dientes penetran la carne y sus manos rodean su cuello queriendo estrangularla, Ana intenta alejarla pero la niña tiene mucha fuerza, en su mano lleva un cuchillo propinándole una herida en su brazo, ambas caen sobre la paja, la niña tiene el arma en el cuello de Ana y se acerca hasta su cara, susurra unas palabras y de su boca sale un hilo delgado de humo que penetra en su nariz, ésta aprovecha el momento y arrebata el cuchillo que aprisiona su garganta para luego clavarlo en el cuello de la poseída, seccionándole la arteria de inmediato disparando chorros de sangre por doquier bañando a Ana en casi todo su cuerpo. Por fin los gritos se disuelven y Ana se apresura hasta la puerta, la abre y mira el edificio donde está su dormitorio, su ropa está impregnada del rojo de la sangre y el cuchillo aun lo sostiene en su mano temblorosa, se detiene y ve la luz encendida en el dormitorio de la directora, no está segura pero cree que ella la observa entre las cortinas, aún conmocionada por los hechos retrocede en sus pasos y corre velozmente perdiéndose entre los árboles que conducen a la colina y la densa nieve que caía copiosamente, Ana no se detuvo y continuó corriendo hasta que el cansancio se apoderó de ella, se detuvo exhausta en una abertura en la pared en la cima de la colina donde logró entrar, ya era de noche y no sabía cuanto se había alejado del orfanato, temblaba y sus labios lucían morados y desgarrados por el intenso frío, soltó el cuchillo que aún apretaba en su mano y se recostó en una piedra que había en el interior de la cueva. La mordedura que le había hecho la otra niña empezaba a picarle, destapó su hombro y pudo darse cuenta que la herida empezaba a crecer, intentó rascarse y con las uñas desprendió un poco de su piel, inmediatamente del interior empezó a manar una especie de pus nauseabundo, Ana estaba preocupada, asustada, en su cabeza todavía estaban las imágenes de lo que había acontecido aquel día.  En el fondo de la cueva se escuchó una especie de lamento, Ana se asusta e intenta descubrir el origen de aquella voz, toma el cuchillo nuevamente y se queda pegada a la pared, al fondo logra ver una extraña figura, al mismo momento una mano la toma por su hombro, Ana se llena de pánico y grita, corre por fuera de la cueva y tropieza con una piedra golpeándose la cabeza en la caída, ha quedado inconsciente... 


Hector Ruiz-Ospina
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