Libro
Presentado en la 25ª Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011.

jueves, 14 de agosto de 2014

PECADO SANTO (La última tentación)

PECADO SANTO
(La última tentación)




La fila de feligreses que se disponían a compartir y recibir la comunión llegaba casi hasta la calle. Los últimos días habían sido tormentosos para Robert ya que la misteriosa mujer había logrado, no solo meterse en su cabeza, sino que también había diezmado la cordura que lo mantenía fiel al celibato que juró respetar antes de ordenarse. Los días que siguieron a las extrañas visitas de la mujer habían creado una fijación desmedida en el sacerdote, quien a los pocos días mostraba una obsesión por ella; llegando hasta el punto de imaginarla en medio de la gente que se reunía a escuchar la misa. Su mirada se perdía entre escotes, aberturas de faldas y labios rojos; se esforzaba por mantener la cadencia de sus palabras y la coherencia en cada uno de los ritos y evangelios que, luchaban constantemente con el inconsciente perverso del cura, el cual ya empezaba a discernir fuertes e incontroladas emociones. Pensaba que la mujer estaba cerca de él, tal vez en las sillas frente al altar; o quizá recibiendo la comunión, o bien parada en alguna de las columnas del templo. Ese día fue distinto a todos ya que, entre hostias y patenas sintió el aroma fresco del jazmín; idéntico al que usaba la mujer que misteriosamente lo visitaba. De pronto se aproximó a él una muchacha que llevaba un gran escote, tan pronunciado que fácilmente mostraba más de medio seno; incluso su pezón en la transparencia de su blusa, lo cual no fue indiferente para Robert; esto le produjo una erección inmediata que amenazaba hacer saltar por los aires el botón de su pantalón. El hombre estaba en serios aprietos, pero no podía perder el control y tan pronto la mujer abrió la boca y sacó levemente su lengua; provocó que el corazón del predicador bombeara sangre hasta su cerebro, generándole un poco de temblor al momento de pasarle la comunión; sus mejillas igualmente se enrojecieron. La chica no mostró ninguna señal que la delatara o que al menos le diera la seguridad de que ella era y apenas recibió su hostia, dio media vuelta y regreso a su lugar. Robert sintió un respiro y no tuvo argumentos de peso como para deducir que ésta era su pecadora misteriosa. En el peor de los casos, había allí muchas más mujeres que podrían asemejar la tenue figura que él podía percibir desde el otro lado de la ventanita y que de todos modos no podía identificar. Cuando ya había terminado se dirigió hacia el altar; pudo sentir la humedad en sus pantalones la cual  pudo cubrir fácilmente con su sotana y a pesar de su incomodidad continuó con lo que faltaba de la eucaristía.

Una semana antes...

-Ya no lo puedo ocultar...es usted padre el dueño de mis más intensos sueños de pasión que me persiguen aún despierta- La chica con voz temblorosa continuó -Sé que tal vez esto es una locura, pero es lo que siento-. Robert no esperaba una declaración de este tipo y menos que él fuera el motivo que la tenía a ella con esta serie de emociones -No sé qué decir. Yo…- El padre estaba desarmado. -No diga nada padre, solo quiero que sepa que me he dado cuenta que usted me busca como loco entre la gente y he podido darme cuenta que me desea apasionadamente; como yo a usted...- La intensidad se apoderó de la chica y Robert titubeó –Pero; como te atreves...- La mujer se pegó a la ventana tensando la tela casi hasta romperse -Me atrevo porque sé que usted desea hacerme suya;  sé que usted se muere por sentir mi lengua recorriendo todo su cuerpo mientras hacemos el amor...- Robert cerró los ojos y mientras la mujer continuaba hablando, él metió la mano debajo de su sotana, desabrochó su pantalón y sacó su miembro para empezar a masturbarse; la chica había poseído su mente y él escuchaba sus leves jadeos que se colaban a través de la tela empapada por su exhalación envuelta en pasión. Robert se encegueció por un momento y no se dio cuenta que la joven ya no hablaba. Segundos más tarde, como pudo salió del trance; abrió la puerta del cubículo y ella ya no estaba allí. A un paso de la puerta salía una mujer casi corriendo, pero él tan solo pudo ver la ondulación de su cabello perdiéndose rápidamente al doblar hacia la izquierda; Robert corrió detrás de ella y cayó al suelo en el intento con el pantalón en sus rodillas, la rapidez de los hechos no le dieron tiempo de asegurarlo a su cintura. El golpe en el suelo le hizo reaccionar, dejándole claro que si cometía ese mismo error nuevamente; podría ser descubierto por alguno de sus devotos poniendo en riesgo, no solo su reputación, sino también su permanencia en la parroquia. Ese día afortunadamente la iglesia ya estaba vacía.

Robert estaba pasando una prueba muy fuerte ya que todo el tiempo pensaba solo en ella, de día y de noche; era muy probable que estuviera enamorado y peor aún, ya la deseaba apasionadamente. Era una especie de obsesión mental y sexual que no lo dejaba en paz, el problema era que solo la podía tener del otro lado del confesionario de manera inesperada; él deseaba conocer su rostro y abrazarla, decirle todo lo que ella significaba en su cabeza y tratar de descubrir si las sensaciones eran solo una simple muestra de atracción por todo lo que ella le hablaba, o si en realidad,  eso ya iba más allá de una simple fijación. La complejidad de sus emociones no le permitía aclarar sus ideas y definir lo que le estaba pasando. Los días siguieron su curso y después de mucho pensarlo, Robert estaba decidido a encararla tan pronto ella regresara a la iglesia. Justamente las dos, tres; cuatro semanas siguientes ella no se presentó y esto provocó una depresión que mantuvo a Robert con el ánimo abajo, haciéndolo parecer más como un zombi que como un predicador.

Cinco semanas después...

Robert un tanto cansado y aburrido se recostó al lado de la ventana del confesionario -No te preocupes hija, el arrepentimiento es la mejor muestra que deseas cambiar. Habla con tu padre Dios cada que sientas desfallecer y estoy seguro que él te oirá y te iluminará- Del otro lado se escucha un "amén", posterior a esto se abre y se cierra nuevamente la puerta del confesionario; Robert asoma la cabeza y no ve a nadie más afuera, se recostó otra vez en su silla y suspiró, se quitó la estola violeta y antes de levantarse percibió el aroma a jazmín atravesar la ventana que le llegó hasta lo más profundo de su ser; su corazón comenzó a palpitar aceleradamente y logró ver la silueta que esperaba justo del otro lado. Él no lo podía creer, pues el último feligrés cerró la puerta del templo al salir. Robert estregó sus ojos con las manos y se dio cuenta que no estaba alucinando; precipitadamente se levantó y abrió la puerta de madera que lo separaba de la joven, ésta se puso de pie muy nerviosa pero, al sentirse descubierta se abalanzó sobre él y rodeándolo por el cuello se fundieron en un beso más que sexual; sus lenguas se entrelazan como serpientes y Robert la tomó fuerte por sus nalgas, ambos cayeron al suelo dando vueltas sin parar. Ella ya lo conocía a él, pero Robert a ella no. Sus intensos ojos verdes y el rojo sensual de sus labios llevaron al predicador hasta la locura; la lujuria y el deseo se apoderaron de él y en ese momento descargó todo lo que sentía. La ropa de ambos en parte se esparció por el pasillo del templo, Robert perdió su camisa y ella, además, su sostén; él recorría con su lengua la blancura de sus senos hasta su cintura y ella en cambio, arañaba con sus uñas la espina dorsal convulsionada del sacerdote mientras le desabrochaba el pantalón. Ambos se envolvieron en un mundo de deseo y desenfreno total, porque juntos estaban dispuestos a llegar hasta el final.
Robert ya no pudo contenerse, el deseaba hacerla suya y bruscamente le bajó el cierre de su jean  -Espera- ella detuvo su mano en el intento por desnudarla por completo -Espera Robert, no es fácil para mí. Esto no puede ser, no puedes hacerlo; no quieres hacerlo- Robert desistió en quitarle el pantalón y la tomó tiernamente por su rostro -Pero que estás diciendo mujer. Vives en mí, te necesito; siempre te he amado- Ella puso sus manos sobre las suyas -No Robert, tú no sabes nada de mí; ni siquiera quien soy o de dónde vengo- Robert puso uno de sus dedos en los labios de la mujer -No digas nada, no necesito saber nada de ti. Sea lo que sea te amo, te amo con locura y no deseo dejarte ir; siempre he estado esperando por ti- La chica agachó su cabeza -No sabes lo que dices Robert; si te das cuenta de quién soy me dejarás y tan solo me quedará este hermoso momento- Robert la tomó de la barbilla y la miró fijamente a los ojos -Óyeme bien, nada en este mundo hará que me arrepienta de esto, te lo juro; te amo y siempre te amaré. Ella lo agarró del brazo y lo miró igualmente -No soy lo que tú piensas que soy. Aún estoy aquí encerrada; en este cuerpo de hombre-. 

Hector Ruiz-Ospina
Derechos reservados ®




1 comentario:

  1. la ficsion, tiene un relato equilibrado , armónico, se deja leer,.Mas, diría que te faltan años, de celibato, que no te dejan atemperar entregas ,como la de Robert. Nunca son tan fáciles, Tu creo, nunca te desnudarías en la cama de tu esposa, con otro humano, la llevarías un poco mas lejos
    Robert, tampoco en la iglesia,, El resto me gustó

    ResponderEliminar

Entradas Anteriores

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...