Libro
Presentado en la 25ª Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

MUERE LENTAMENTE MUJER DE PELO ROJO (cuarta parte) "Naturaleza diabólica"

MUERE LENTAMENTE
MUJER DE PELO ROJO
(Final primera parte)
"Naturaleza diabólica"



La necrosis que afectaba el cuerpo de Ana era progresivo desde el mismo momento en que fue mordida por su compañera la cual estaba en un estado de posesión, a pesar de que su piel se desgarraba fácilmente en el transcurso del día, ella necesitaba una dosis de sangre y piel humana para recuperar su propia condición, esto la convertía en una asesina por necesidad y en una amenaza total en el lugar al que ella fuera. No obstante, su extraña naturaleza le impedía tener una conciencia propia a la hora de atacar y devorar los cuerpos, esto -en cambio- le enceguecía la parte humana y racional hasta el punto de transformar sus facciones desfigurándola totalmente, convirtiéndola en una especie de demonio sanguinario poseedora de una fuerza descomunal, además de una energía abrazadora. El encanto en los momentos de quietud la dotaban de una belleza llamativa y una figura estilizada que no pasaba desapercibida atrayendo a los hombres que se cruzaban por su camino. 

El ocaso que siguió al contratiempo de la tarde en que el hombre la hizo bajar del carro y que le provocó una muerte prematura no fue suficiente para ella; después de haberle arrancado el pene de un mordisco y dejarlo desangrar, provocó además una abertura en su abdomen con el filo de las uñas que aceleró la hemorragia. Ana había tomado el cadáver y los ingresó en la casa para luego meterlo en la bañera de su cuarto, lo dejó allí, se limpió la sangre y salió nuevamente. La noche le traería más sorpresas y ya habría tiempo suficiente para disfrutarlo esa misma noche o a la siguiente, eso no era problema ya que de alguna manera u otra Ana usaría el cuerpo para satisfacer su apetito y renovarse.

La noche la alcanzó en la carretera y faltaba poco para llegar al bar que estaba a las afueras de la ciudad, ese sería el ultimo lugar antes de dejar el condado y dirigirse a otro como solía hacer, para ella era mucho más fácil alejarse de un lugar antes de que las desapariciones empezaran a despertar sospechas y que en determinado caso fuera ella señalada o siquiera involucrada con los hechos. Al principio mataba indiscriminadamente pero nunca fue tomada en cuenta ya que era una niña-adolescente y era absurdo pensar siquiera que alguien como ella fuera la causante de las muertes, al cabo de los años descubrió una mejor manera de ocultarse en medio de sus actos y esto le resultaba más fácil si anduviera en constante movimiento, de aquí para allá  y eso fue lo que hizo exactamente desde que cumplió sus 16, todo parecía funcionar bien y al lugar que iba le brindaba lo que necesitaba: víctimas en las noches, alcohol y cigarro; en el día se sustentaba con el dinero que obtenía de los hombres que asesinaba.

Ana estacionó su vehículo justo enfrente del local, afuera estaba helado y por debajo de la puerta del bar se escapaba el humo del interior, abrió la puerta y absorbió el primer halo de vapor de cigarro mezclado con sudor y licor que inundaba cada rincón, mira a su alrededor y todo está lleno, al fondo del bar hay un grupo de rock tocando mientras los asistentes al lugar entonan las canciones; hay un espacio libre en la barra y hacia allí se dirige, se sienta y ordena al cantinero un vino tinto mientras saca un cigarrillo de su cartera. Junto a ella hay un hombre joven quien de inmediato le acerca un encendedor con la flama lista, ella acepta mientras su mirada se pierde en el verde intenso de sus ojos, inhala lentamente el humo del cigarro e impulsa su cabello hacia el lado derecho de su cara mientras el hombre sin parpadear guarda nuevamente el briquet en el bolsillo de su saco, levanta su copa de whisky y brinda a su salud. Ana se gira una vez más frente a la barra y por primera vez se sintió atraída por un hombre, era algo diferente y contrario a lo que normalmente la movía de una persona, al principio no le prestó importancia pero entrada la noche ya habían intercambiado una que otra palabra y en medio de la conversación se dio cuenta que él provenía del pueblo cercano al orfanato donde estuvo algunos años, la atracción fue mutua y esta se hizo más interesante a medida que las copas pasaban y los minutos se consumían en el reloj colgado en la pared. En un momento inesperado Ana sintió una picazón junto a sus labios y se rascó abriendo una pequeña herida que le recordaba su maldición y que de no encontrar su siguiente presa en breve, quedaría expuesta y su figura empezaría a deteriorarse rápidamente. Ana se desesperó por un momento y aunque tenía al joven muchacho junto a ella era obvio que no deseaba lastimarlo; él notó su cambio repentino y quiso ayudarla llevando la mano hasta su cara pero ella lo alejó de inmediato, bajó de su butaca y corrió rápidamente hasta el baño, en el trayecto por el pasillo había un hombre que le rozó una de sus nalgas al pasar. Acto seguido, Ana lo arrincona contra la pared e introduce la lengua en su boca, el hombre abre sus ojos amodorrados por el licor y se excita de inmediato, ella abre la puerta del baño de una patada y mete al hombre hasta el cubículo y se para en el sanitario, abre su camisa y con sus manos empuja la cabeza del hombre hasta su pecho quien sin dudarlo humedece sus delicados pezones entre saliva y alcohol, el hombre continúa hasta el vientre mientras mete su mano en medio de sus piernas e introduce unos cuantos dedos en su húmeda vagina, Ana se retuerce entre gemidos y lujuria mientras rodea el tronco del hombre quien la penetra sin piedad perdiéndose en medio de la locura del momento, el hombre la consume en embestidas poderosas sin darse cuenta que su espalda se desgarra entre arañazos y mordiscos en el cuello, pequeños hilos de sangre brotan por doquier pero el deseo es más poderoso, él no desea parar. El joven la recorre desde el pecho hasta su boca con su propia lengua sin sentir el sabor de la sangre que brota poco a poco de la herida a un costado de sus labios, ya para ese momento la sangre emanaba detrás de las orejas de Ana y parte de su cuello pero ella necesitaba sentir aquel orgasmo antes de arrancar la vida del mortal. Éste, al momento de su climax y entre espasmos recurrentes descubre la naturaleza de la mujer quien ya se encuentra lista para asestar el golpe final. El roce veloz de sus uñas no dieron tiempo al hombre de reaccionar cuando ya rasgaron su garganta, la otra mano se introdujo parte en su vientre sin darle tiempo de gritar. Alguien entró al baño en ese mismo instante y Ana no pudo consumar su acto por lo que tuvo que aventar el cuerpo del hombre muerto por la ventana que estaba casi a la altura del techo que daba hacia la calle, como pudo acomodó su ropa y sacó una mascada y la rodeo entre su cara y cuello mientras salía por la entrada principal para llevarse el cuerpo.
Ana caminó del pasillo hasta la entrada evadiendo la mirada del hombre con quien había pasado parte de la noche, continuó entre la gente y pudo salir sin contratiempo, se dirigió hasta el lugar donde debería estar el cuerpo pero no logró encontrarlo, en cambio pudo ver unas gotas de sangre y manchas en el suelo que marcaban el camino del desdichado que aunque no estaba muerto lo estaría en poco tiempo, las huellas terminaban detrás del contenedor de la basura y hasta allí se dirigió en medio de la suave niebla que acompañaba la madrugada de aquel nuevo día. Ana se acercó pero no vio al hombre, se asomó en el bote y no logró tampoco verlo en medio de la basura, miró nuevamente detrás del mismo y al momento de agacharse el hombre salta por su espalda apuñalandole en el hombro. Ana, con la fuerza que aun tenía pudo zafarse de él y arrojarlo unos cuantos metros; ella cayó al suelo arrodillada mientras intentaba quitarse el puñal de su espalda pero no logró ver al hombre quien -decidido a cobrar venganza- por su situación se abalanzó hacia ella hundiendo más el arma sometiendola por el cuello queriendo estrangularla, aunque fuera lo último que pudiera hacer; ella estaba acabada y era muy posible que el hombre la matara, no podía hacer nada y en el fondo se entregaba a su destino, en ese momento pensó que tal vez era una forma de huir del monstruo que la poseía. El hombre no cedía e intentaba a toda costa a acabar con la vida de la mujer pero la explosión de una pistola en medio de la noche le clavo un tiro en la cabeza que lo aniquiló en el acto sin darle tiempo de nada; Ana cayó al suelo y el hombre que estuvo toda la noche junto a ella se acercó a la escena aún con el cañón humeando, la tomó entre sus brazos y ella se desvaneció mientras él se la llevaba del lugar... 

Hector Ruiz-Ospina
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