Libro
Presentado en la 25ª Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011.

domingo, 9 de noviembre de 2014

LA PSICOLOGA (primera cita)

LA PSICOLOGA
(primera cita)




A veces pienso que en realidad no era yo el que necesitaba ayuda sino -más bien- era ella la que gritaba por una descarga de mi propia locura. 
Mi vida nunca fue totalmente satisfactoria en ningún aspecto tanto social como personal, era un completo fiasco, no me interesaba nada y todo lo que giraba en torno a mi me tenía sin cuidado; por un lado mantenía la carga de mi familia que nunca perdía oportunidad para reprochar mi estilo de vida, me acusaban de extraño, loco e indolente. Por otro lado estaba la personalidad que despertaba cuando me encontraba con mis amigos o en los lugares que usualmente frecuentaba; bares, rock, cerveza y algo de hierba. Además de esos dos hombres que habitaban mi cabeza, era innegable la esencia pura que dominaba mi ser y de la que nunca podía escapar, porque al lugar que fuera o donde me escondiera, siempre llegaba a mi en la soledad de mi cuarto o justo antes de dormir, frente a ella quedaba sin mascara, desnudo totalmente entre mis defectos que superaban mis virtudes y con mis sueños y proyectos aún guardados en mi cartera esperando ser descubiertos.

Poco después de mis 20 ya el dinero se hizo necesario a la hora de pretender obtener un alcance mayor en mi agitada vida y en cierto modo, en todo lo que a mis gustos se refería, pues el hotel "Mamá" se estaba convirtiendo en algo tedioso y el dinero que obtenía de mis padres cada vez era más limitado. Muchas veces con el apoyo de mi padre tuve la oportunidad de entrevista en algunas compañías de la ciudad, tal vez por pura naturalidad siempre la cagaba y el perfil que mostraba nunca estuvo acorde con las necesidades que solicitaban, optando éstas por hacer sus anotaciones en mi curriculum y despedirme con un "luego lo llamamos" que ya era normal escuchar, a veces pienso que no me daban una patada en el culo por respeto a mi padre. Yo, por mi parte, estaba seguro de que él estaba decepcionado de mi y aunque suene absurdo, lo entendía, pienso que era demasiado obvio sentir algo así y aunque yo me daba cuenta de lo que pasaba, también sabía que no en vano el ejemplo de mi padre me ayudaría en el futuro; es por eso que entrando a los 25 empecé a mostrar realmente de lo que era capaz dejando atrás, sin miramientos, al hombre vacío y sin aspiraciones que solía ser.

Poco después de auto evaluarme, renovar mi guarda ropa, afeitarme la barba y lucir un poco más centrado, empecé en la búsqueda de un empleo -en primera medida- acorde a mis deseos si fuera posible, no obstante y poco después de haber iniciado el camino pude llamar la atención de una agencia de publicidad que se encargaba del marketing de unas cuantas empresas en ascenso y otras más ya consolidadas en el mercado nacional y extranjero, yo estaba seguro de que allí podría darle rienda suelta a mi mente creativa y sospechaba que también encontraría la estabilidad que tanto anhelaba, además de la madurez que aun necesitaba para consagrarme como un verdadero hombre y en el futuro tener el criterio y los valores necesarios para formar una familia igual que en la que crecí. Todo esto sonaba maravilloso y pienso que intentaba borrar de tajo todo lo que me definía como adulto y que venía haciendo por mucho tiempo, como compartir con mis amigos, ir al bar, el rock y la hierba, de antemano sabía que todo proceso costaba tiempo y sacrificio pero necesitaba, debía tener presente que en mi nuevo trabajo cualquier tipo de inmadurez o falta de profesionalismo me costaría no solo el puesto, sino una mala referencia en el futuro en caso de necesitarla, es por eso que acepté que necesitaba ayuda profesional en la consecución de mi estabilidad emocional y todo aquello referente a la superación de mi crisis existencial o simplemente, necesitaba la ayuda de un profesional en psicología que me orientara en esta nueva etapa. Cuando la decisión estaba tomada empecé en la búsqueda de un consultorio para iniciar con las terapias o lo que se requiriera en este aspecto, entonces tomé el directorio y vi que no eran muchos los profesionales en mi ciudad con esta especialización, elegí un número de consultorio y levanté el teléfono para hacer una cita lo más pronto como fuera posible y pude conseguirla a la mañana siguiente, yo entraba a trabajar a la siguiente semana y me resultaba perfecto dar inicio con el proceso previo a mi ingreso a la agencia. Esa tarde afiné unos cuantos detalles que aún tenía programados y ya en la noche fui al bar para relajarme y tomarme unas cuantas cervezas, de regreso a casa y antes de acostarme fui a la azotea y después de contemplar el cielo estrellado me fumé el ultimo cigarrito para darle paso al nuevo hombre que estaba naciendo.

Antes de las 9 de la mañana ya me encontraba sentado en uno de los asientos del consultorio esperando a ser atendido y por mi cabeza pasaban infinidad de cosas: Tal vez el psicólogo era un hombre viejo con barba hasta el pecho, excéntrico a más no poder y que me trataría como a uno de tantos locos que a diario le han de llegar; tal vez era una mujer, con una falda roja hasta el suelo, sin maquillaje porque no le queda tiempo de hacerlo, y a lo mejor despeinada, era lógico pensar que este tipo de personas tienen tanto en la cabeza que no se preocupan por su aspecto, de todos modos ya estaba allí y por primera vez experimentaría esa situación. No pasó mucho tiempo de espera y la secretaria me informó que ya podía pasar y me condujo hasta el lugar, abrió la puerta y me indicó donde debía sentarme, yo seguí sus instrucciones y tan pronto me recosté en un sillón frente a un escritorio ella cerró la puerta y regresó a la recepción. La oficina no tenía mucha iluminación pero se sentía una suave fragancia que irradiaba paz, yo miraba a mi alrededor y no veía al doctor, el escritorio estaba frente a mi y la silla con largo espaldar estaba volteada en dirección a la ventana, suspiré y me acomodé mejor en el sillón.

-Relajese señor Spencer, si desea quítese los zapatos y recuéstese bien- La voz delicada de mujer provenía de la silla frente a mi.  Ella giró un poco dejándome ver su silueta sentada mientras observaba un folder que descansaba en su regazo. -Así estoy bien gracias, es primera vez que vengo a este lugar- estaba nervioso y ella no se inmutó con mi respuesta, -Necesito que se recueste en el diván y descanse su cabeza cómodamente para dar inicio con el proceso- Ella enfatizó en su pedido y después de esto giró totalmente quedando frente a mí, de inmediato mis ojos se abrieron como lince al acecho y era obvio, pues esa mujer era totalmente hermosa, totalmente opuesta a mi idea inicial, esto ocasionó que mi corazón se acelerara y me convirtiera una vez más en un niño tonto. Ella fijó su mirada un momento en mi y después de hacerlo bajó su cabeza hacia los documentos para continuar leyendo. -Entonces... señor Spencer...- Yo estaba con la boca abierta y mis ojos perdidos en los suyos que aunque no me miraba en ese instante, yo no apartaba mi vista de ella.
-Mi nombre es Helen Picket, soy Psicoanalista desde hace cinco años y estaré con usted a lo largo de este proceso- Su mirada penetraba mi mente y la frecuencia de sus palabras golpeteaban en mi cerebro y se anidaban en mi cuello produciendo un nudo en mi garganta. -Mucho gusto mi nombre es Samuel Spencer- traté de que mi voz no se quebrara pero fue inevitable que esa primera vez ella no notara mi nerviosismo; ella dio dos pasos quedando entre el escritorio y yo, dejó la carpeta junto con otros papeles, cruzó sus piernas y se apoyó de espaldas al escritorio, en ese momento pude verla completamente, no me quedaba duda de que ella era la mujer más atractiva que jamas había visto en mi vida y fue inevitable que no mirara sus piernas hasta el doblez de la falda que llegaba poco más arriba de sus rodillas.
-Digame señor Spencer ¿porqué está aquí?-...


Hector Ruiz-Ospina
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