Libro
Presentado en la 25ª Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

LA PSICOLOGA (Tercera cita)

LA PSICOLOGA
(Tercera cita)




-Samuel... Samuel, ¿eres tu?- su voz retumbó en lo más profundo de mis tímpanos, al momento pensé que tal vez no era ella quien me hablaba o, quizá alguno de los amigos con los que andaba se llamaba igual que yo. Continué caminando directo hasta la silla frente a la barra y mi corazón palpitaba aceleradamente, le dí un sorbo a la botella de cerveza y levantándola frente al barman le hice la señal de que quería otra más. 
-Oye, disculpa... que, ¿acaso no me recuerdas?- una mano se posó sobre mi hombro y al escuchar de nuevo su voz a quemarropa, la cerveza se salió por mi nariz, volteé y efectivamente era Helen quien se levantó de su lugar y fue hasta donde yo estaba. -hace poco te vi aquí sentado; yo vine con unos amigos, parece que estás solo, ven y siéntate con nosotros- mientras ella continuó hablando yo limpié la cerveza de mi cara y cuello con la manga de mi camisa -pero, bueno... que sorpresa encontrarte aquí, es la segunda vez que vengo a este bar. Es agradable verte fuera del consultorio pero bueno, no creo que sea buena idea, además estás con tu novio y no creo que tenga mucho que compartir con tus amigos-. Obviamente si me moría de ganas de sentarme con ella pero lejos de sus amigos. -creo que sería una buena ocasión para que nos conozcamos y que hagas un poco mas de amigos, ¿no lo crees? además, no te preocupes que no tengo novio, solo traje a mi hermano y él es quien usualmente me saca de la rutina de mi trabajo- estoy seguro que cuando dijo eso, ella pudo ver que mis ojos se abrieron como queriendo devorarla, fue inevitable que no sintiera un gran alivio de saber quien era el hombre que la tomaba por el cuello y le daba besos en sus cachetes. No obstante, le ofrecí mi mano y ella aceptó, le agradecí el gesto de haber ido hasta la barra para invitarme -gracias Helen pero no se si sea buena idea- de repente, ella me dio un jalón que me hizo saltar de la silla -Vamos Samuel, déjate de tonterías, mis amigos son relajados y estoy segura que encajaras en nuestro ambiente-. Helen me condujo hasta donde todos sus amigos y ella estaban, me presentó ante ellos, no como uno de sus pacientes sino como un nuevo amigo que había conocido en una de las empresas que ella solía visitar; ellos me recibieron bien y acercaron una silla para que me sentara. No fue mucho lo que yo pude aportar a la charla -primeramente- y a medida que íbamos tocando uno que otro tema empecé a involucrarme más en la conversación; efectivamente Helen tenía razón y sus amigos resultaron amigables, chistosos y con muy buen sentido del humor además de ser inteligentes. Por momentos miraba a Helen cuando hablaba, me detenía en sus facciones y en cada movimiento de su boca, era hermosísima, tal vez la mujer más linda de todo el mundo, yo suspiraba y estoy seguro que ella tuvo que darse cuenta; el calor de la cerveza invadía mi cabeza y me arriesgaba un poco más cuando la miraba fijamente, pero no me importaba porque a ella también se le notaba el efecto del whisky cuando vacilaba al decir una palabra o en la sutil risita con la que remataba alguna oración. 
El grupo que seguía tocando al fondo del bar reanudó su repertorio y en cuestión de segundos quedamos Helen, su hermano y yo sentados mientras sus amigos se fueron a la pista a bailar. Jason (su hermano) se levanto y se dirigió a los baños, Helen y yo nos miramos y después de una sonrisa ella se levanto y me tomó de la mano -ven, quiero que bailemos- la miré fijamente mientras le estiraba mi mano -por supuesto- y ambos recorrimos los pocos metros que nos separaban de la ya muy llena pista de baile y empezamos en un suave vaivén al rítmo de aquella balada de Elton John. Helen bailaba y en ocasiones se acercaba a mi oído entonando la melodía y se alejaba, me miraba y sonreía y continuaba pegada a mi pecho. Yo estaba seguro que ella sentía mi corazón a todo lo que daba y en uno de sus giros rodeo mi cuello con sus manos disparándome una mirada que me dejó mudo, luego se acercó de nuevo hasta mi cuello y siguió cantando, rozó su mejilla con la mía y sus labios rozaron mi boca en un gesto de provocación. En ese mismo instante la canción terminó y ella me tomó por la corbata para sacarme del trance pero yo estaba clavado al suelo y tardé algo más de dos segundos para volver a la realidad. No podía creer lo que acababa de pasar y aún con el aroma de su perfume en mi nariz caminé con ella hasta la mesa donde ya los demás seguían hablando.
Continuamos allí por unos minutos más hasta que Helen se levantó -Jason, ¿podrías llevarte el carro hasta la casa? estoy algo mareada y Samuel me llevará- Ella me miró pero yo no supe que decir en el momento, estaba desprevenido y sus palabras me tomaron por sorpresa, obviamente no diría que no -Pero, Helen... ¿Dejarás a tu hermano y a tus amigos? Helen soltó mi mano -no te preocupes, si no quieres llevarme, puedo pedir un taxi, no hay problema- yo, inmediatamente me levanté de la silla -no, como crees Helen, claro que te llevo- tomé un trago más de cerveza -disculpen chicos, llevaré a Helen a su casa y regresaré un rato más a ver si los encuentro todavía aquí
Nadie se opuso y por el contrario lo tomaron con naturalidad y fue entonces cuando salimos Helen y yo de aquel bar en medio de la niebla y el frío de la madrugada, subimos a mi carro y dí marcha al motor -y dime Helen, ¿dónde queda tu casa?- ella recostó su cabeza en el asiento y levantó la mirada -dale derecho Samuel, ya te diré donde voltear-. una milla después -o tal vez más- ninguno de los dos habló y poco después de ingresar a la autopista Helen se acercó y me besó en la mejilla, después puso su mano en mi entrepierna -Samuel, deseo que me hagas el amor- sus palabras hicieron que detuviera mi vehículo a la orilla de la carretera -¿cómo?... Helen, ¿estas segura de lo que me estás pidiendo?ella se acomodó de nuevo en su lugar y me miró -Samuel, crees que no me doy cuenta de como me miras, incluso en el consultorio te observé cuando me mirabas como queriéndome desnudar, dime si me equivoco- de repente tomó mi mano y la puso en sus pechos, yo no podía creer lo que estaba pasando, me estaba excitando súbitamente y dí marcha al motor inmediatamente, aceleré el carro a todo lo que daba y tan pronto vi un anuncio que decía "Motel Olafo" me metí sin dudarlo.
Una vez adentro, nos fundimos en un beso que mojó nuestros cuerpos totalmente, yo no quería que la excitación me hiciera perder el control y que nuestro encuentro fuera efímero, sino que por el contrario, fuera algo placentero y que nos diera el momento necesario para disfrutarlo intensamente. Así pues, quité su blusa blanca y unos cuantos collares de piedras de colores que pendían de su cuello, desabroché su sostén purpura y con el roce de mis dedos sus pezones se irguieron al compás de mi respiración. Detrás de ella, la tomé por el cuello y la seduje con mi lengua mientras su cabello y diminutos bellos en su nuca se erizaban ante los gemidos ahogados de su garganta que ya dejaban al descubierto las sacudidas de su corazón dentro de su pecho. Ella, por su parte, se giró y con la suavidad de su torso, acarició mi pecho descubierto al romper de un solo tirón mi camisa que cayó al suelo; luego, me tomó por el cinturón y me pegó hacia su cadera y condujo mi cabeza entre sus pechos que se mezclaban con la saliva tibia que viajaba en mi lengua y se evaporaba en el calor de su piel. Después me tiró de un empujón sobre la cama mientras ella descubría su cadera y sus piernas lanzando su jean contra la pared, su panty negro dibujaba la silueta incandescente de su vagina entre brillo y humedad invitándome a tocarla y a entrar en su lujuria. Helen se posó sobre mi cuerpo y entre besos y caricias fue quitando mi pantalón hasta dejarme desnudo para ella mientras el calor de su garganta azotaba mi cadera hasta hacerme retorcer, fue entonces cuando la tomé por la cintura dispuesto a hacerla mía y llenarme de una vez de todo lo que de ella amaba...

De repente, me encontré en el borde de la cama y las sabanas de seda me llevaron hasta el suelo golpeando mi cabeza y despertando en medio de mi vómito que chorreaba desde la almohada, la erección que ya tenía retumbaba en mi cabeza que ya quería estallar. Desperté allí en mi cama solo y con resaca, sin Helen y con un sueño sin terminar. Ya eran casi las 11 de la mañana.

-Mierda, mi tercera cita con Helen...-


Hector Ruiz-Ospina
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