Libro
Presentado en la 25ª Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011.

jueves, 22 de octubre de 2015

THERIAULT (SEXO, LOCURA Y DEPRAVACIÓN)

THERIAULT
(SEXO, LOCURA Y DEPRAVACIÓN)




     El bebé no lloraba, ya no se movía; estaba descubierto, casi desnudo. Inerte, sobre la mesa en la que lo habían colocado, poco después de la medianoche, debido a su incesante llanto. Era imperativo que lo hicieran ya que, la revelación en sus mentes y la doctrina radical que profesaban, era inapelable.

     Pasaban las 5:30 de la mañana; el frío era inclemente y no se escuchaba el más mínimo ruido, ni en la cabaña donde Roch dormía con sus concubinas, tampoco en los demás cobertizos contiguos a este. La noche había azotado el bosque con una fuerte lluvia que, posteriormente, se convirtió en una intermitente nevada la cual duró casi hasta el amanecer. Nadie, absolutamente nadie, podía imaginar que, horas antes allí, se había llevado a cabo una de las orgías más brutales, lujuriosas y sangrientas que harían estremecer las mentes más abiertas o tal vez, se podría catalogar en una escala más alta de depravación. Las "fiestas" ya empezaban a ser periódicas en la pequeña aldea improvisada ubicada en zona boscosa de Ontario Canadá.

     A medida que Roch crecía, ya inclinaba su pensamiento hacia un ambiente un tanto religioso y rodeado de múltiples factores que, muy posiblemente, le resultaban determinantes en las ideas que florecían en su cabeza, las cuales le daban la certeza de lo que él debía hacer en este mundo, precisamente en la búsqueda de la perfección de la sociedad misma y la depuración de cada manifestación de pecado que no hacían otra cosa más que llevar a la humanidad a la destrucción. Es, en este camino, en donde Roch enfoca todo su intelecto, buscando cultivar su propia vida y tomando como base algunos textos del antiguo testamento en donde él (vehementemente) acepta la poligamia, como primera medida, la cual le permitirá procrear la nueva raza pura que se encargará de repoblar el planeta una vez este sea destruido; seguidamente, se auto proclama como la reencarnación de Moisés y por ende, el poder de la ley que sobre éste descansaba. Además, estaba convencido de que la mujer, como tal, debía sumisión al hombre y tenía que mantenerse en un nivel moral e intelectual por debajo de él. Con el tiempo, y después de ser expulsado de algunas iglesias que proclamaban diversas doctrinas, decidió fundar su propia congregación, en donde alimentó la bestia que ya se formaba a grandes pasos dentro de sí y que, gracias a su poder de convencimiento, logró una cifra considerable de adeptos con los cuales puso en práctica su propia fe. 



     
     A continuación narraré una serie de acontecimientos, los cuales tuvieron lugar -precisamente- en el ocaso de su vida como líder espiritual y que, a su vez, denotaron  con extrema crudeza, su comportamiento radical:

     Para Roch resultaba mejor pasar desapercibido ante la sociedad y todos aquellos para quienes él empezaba a resultar una amenaza; obviamente, una persona como él no era bien visto en medio de una sociedad que profesaba la moral, la ética y las costumbres religiosas arraigadas desde antaño. Incluso, las autoridades ya mostraron cierto recelo ante el dominio que Roch ejercía sobre algunos pueblerinos, quienes empezaron a proclamar las "divinidades" que él mismo les profesaba y de las cuales (según algunos de ellos) fueron testigos. No obstante, tanto los fanáticos, como el mismo Roch no representaban un peligro mayor sino más bien, la gente creía que, ellos tan solo eran un grupo de ignorantes que no tendrían futuro alguno en este mundo.




Tiempo después...

     La pequeña aldea que Roch había fundado con la ayuda de sus seguidores, los cuales ya sumaban alrededor de una veintena, sumado a las concubinas que le servían de soporte y que, además (algunas de ellas) le habían dado hijos, hacían que la comunidad se sintiera fuerte y en aumento, puesto que, Roch era, en síntesis, el padre de casi todos los bebés que nacieron desde que fueron obligados a desaparecer de los ojos de la sociedad que, cada vez más, los señalaba como fanáticos locos. El grupo trabajaba en beneficio propio; fieles creyentes en las palabras de su líder, en quien creían ciegamente y quien, a su vez, les prometía el nuevo mundo que ellos mismos estaban destinados a procrear, siendo únicamente ellos los elegidos para dicha tarea. La sumisión total a su maestro y el culto que este les proveía era lo único que debía existir en sus mentes; además de que solamente él era el único que tenía comunicación directa con Dios y, por lo tanto, el portador de los mensajes.

     Roch tenía preferencia por algunas de sus concubinas en las noches y en ocasiones el licor que él consumía, lo transformaban en un hombre brutal y despiadado, llegando incluso a involucrar a algunos de sus súbditos en orgías que duraban horas; prolongandose, en ocasiones, en días completos sin importar los gritos lastimeros de los pequeños desatendidos, los cuales eran castigados a causa de su llanto y encerrados en uno de los cuartos. Según Roch, era mandato de Dios que el llanto fuera disipado por medio del castigo ya que este lo consideraba como manifestación innegable de pecado. Hombres y mujeres eran inducidos a un estado de trance en el que creían que su líder tenía poderes que el mismo Dios le había otorgado y seguían al pie de la letra cada uno de sus deseos.
Esa noche, después de haber llevado al extremo el contacto sexual múltiple y desenfrenado, Roch se preparaba a intervenir quirúrgicamente a su primer esposa, quien se encontraba exhausta. Ella debía ser sometida a la extirpación de una de sus costillas ya que Dios le había hablado a Roch en ese momento y le había ordenado que se la extirpara, la puliera y la luciera colgada en su cuello como collar; según él, esto demostraría su total entrega y amor para quien era el encargado de gobernar el nuevo mundo. Al inicio, nadie objetó la locura de la que éste hablaba y, por el contrario, sirvieron de ayudantes para sujetar a la mujer, pero esta ya no oponía resistencia, pues ya se encontraba a punto de sucumbir por el efecto del alcohol y el cansancio. De inmediato, la sangre salió a borbotones y poco después de haberle cortado parte del hueso de su costado, la mujer se fue desvaneciendo mientras sus ojos se apagaban, al mismo tiempo que contemplaba como su "amante" le arrebataba la vida.





     Amputaciones, golpes, sodomías e infinidad de prácticas despiadadas provenían de la mente perversa de Roch, quien se auto proclamaba parte del Dios creador; el mismo que le había encomendado la tarea de repoblar la tierra con la nueva semilla que heredaría el paraíso. Manteniendo comunicación constante con él a través de visiones y sueños reveladores y quien -incluso- le había ordenado el asesinato de uno de sus hijos con tan solo pocos meses de haber nacido...




Roch "Moses" Theriault (El Mesías salvaje)
Canadá 1947-2011

       

Hector Ruiz-Ospina
Derechos Reservados ©

     


lunes, 31 de agosto de 2015

EN EL BAR, 8:40PM

EN EL BAR
8:40PM




     Ya pasaban las 3 de la tarde y Jimmy estaba sentado en la barra del bar que, a menudo visitaba; siempre solitario y bohemio, sumido en sus propios pensamientos y acompañado de una mezcla entre Beatles, Rolling Stones y uno que otro Glam Rock. Este bar, en especial, era el que normalmente frecuentaba ya que no era muy grande y al que acudía casi siempre la misma gente; el cantinero, como el muchacho que llevaba las bebidas y hasta el de la música ya le conocían, pues era muy frecuente su presencia en aquel bar.
Era un miércoles caluroso, especial para beber cerveza hasta el anochecer; Jimmy no tendría que trabajar al siguiente día lo cual le daba cierta tranquilidad y especialmente, esa noche pasaría allí más tiempo que de costumbre. A su alrededor, tan solo habían dos mesas ocupadas, no se reconocían las parejas claramente puesto que el sol ya se ocultaba atrás de los edificios amontonados en el centro de la ciudad. 
     De regreso del baño, Jimmy se percató de la presencia de dos mujeres en una mesa justo enfrente a la barra donde él estaba sentado, pasó cerca de ellas y aspiró el rico perfume femenino que le llegó bien adentro de los pulmones, estas no lo tonaron tan siquiera y continuaron con su charla mientras el mesero les tomaba su orden. Sentado nuevamente en su lugar, Jimmy levanta la botella y da un sorbo a la cerveza mientras cruza una mirada con una de las chicas que acababan de llegar, ella pareció no interesarle y regresó su cabeza pero, intempestivamente volvió la mirada hasta donde él estaba y con un gesto un tanto coqueto, le dio a entender que, o ya lo había visto antes en algún lugar o simplemente hubo algo en él que le atrajo en ese momento. A pesar de lo ocurrido y después de que la chica continuó hablando con su amiga como si nada hubiera pasado, levantó de nuevo la cerveza y tomó otro trago, pensaba que aquello había sido algo normal, intrascendente; o bueno, eso era lo que él creía.

     Ya el reloj marcaba las ocho de la noche, tiempo en el cual las mujeres se pusieron de pie como si se dispusieran a dejar el lugar, la otra chica baja los dos o tres escalones que la acercan a la salida del bar y con un ademán de despedida, le da un beso en la mejilla a su amiga y sale por la puerta. La que sutilmente coqueteo con Jimmy fue la que se quedó, pero antes de regresar a la mesa, se dirigió hasta el tocador de mujeres perdiéndose en la penumbra anterior al pasillo en donde estos estaban. Pasaron, tal vez, cinco minutos hasta que su silueta apareció de entre las sombras; se paró justo al lado de donde Jimmy estaba sentado, posó los codos en la barra y sacudió su cabello mirándolo de reojo y le pidió una cerveza al cantinero; se acercó un poco más y sacó un cigarro, sensualmente lo sostuvo entre sus labios mientras Jimmy, en medio de su torpeza, intento darle fuego dejando caer su encendedor. La chica sonríe y acaricia la mano de jimmy al momento de que éste al fin logró encender su cigarrillo, le agradeció por su amable gesto y lo impregno del humo que salía de su boca; luego, tomó la cerveza y se dirigió hasta una mesa diferente a la que estaba con su amiga, allí había una mezcla perfecta entre oscuridad y luz, lo cual le daba un toque de sensualidad y locura perfectos para el momento.

     De repente, la mujer lanzó una mirada atrevida a Jimmy quien ni siquiera parpadeó, su corazón se aceleró; ella cruzó las piernas de manera que, gran parte de su piel quedara expuesta y a la vista de él, luego, descaradamente le invitó a ir hasta donde ella estaba con tan solo mover sus labios. Jimmy estaba en shock y pensó, por un momento, que tanta cerveza ya lo tenía medio borracho y esto distorsionaba su propia realidad. Al principio no dio crédito a lo que vio sino hasta que, nuevamente, la chica le instó a ir hasta donde ella estaba. De inmediato, tomó la botella en su mano y recorrió la distancia que lo separaba de la mujer, una vez frente a ella, ésta le dijo que tomara asiento y le invitó a quedarse para hacerle compañía; obviamente, Jimmy no objetó nada, recorrió la silla frente a ella y se sentó.

     Andrea, dijo llamarse la mujer mientras alargó la mano hacia él como un gesto de saludo; sus ojos parecieron -para ese entonces- como si quisieran devorarlo totalmente. Jimmy, por su lado, estaba acelerado y un poco petrificado por su comportamiento pero, de todos modos, intentaba no parecer un tonto ante tales pretensiones. Tratando de pensar como manejar la situación que tenía ante sus ojos, Jimmy levanta la cerveza para darle un sorbo pero, cuando estaba a punto de pasar el líquido, siente como el pie de Andrea le sacude los testículos y se anida en su miembro. De inmediato, la espuma le salió por la nariz y soltó un borbollón de cerveza que mojó casi toda la mesa, la chica sonrió mientras el desconcertado Jimmy sucumbía ante una tos incontenible, al mismo tiempo que miraba el rostro de Andrea complacida por lo que estaba pasando. El mesero se percató de lo que allí estaba sucediendo y prontamente se acercó para limpiar, llevando consigo dos botellas más que ya Andrea había ordenado. Sin darle, tan siquiera, tiempo de reaccionar, acerca su silla hasta donde él estaba tomándole -decididamente- su miembro, en un intento de sacarlo afuera de su pantalón. Jimmy, casi instintivamente la toma por el brazo y trata de alejarla pero, en cierto modo, le agradaba, tal vez lo deseaba pero, el hecho de que hubiera gente en el bar además de los que lo atendían, le producía un cierto grado de vergüenza e hizo un esfuerzo para que la chica moderara su actitud.}

     Jimmy, ya entrado en el calor abrazador (después de que una de las parejas sentadas cerca a ellos se marchó) permitió que Andrea diera rienda suelta a su lujuria y ambos se mezclaron en un beso que duró por mucho tiempo, ambas lenguas se mezclaban entre si hasta el grado de fundirse entre saliva y sudor. La chica intentaba una y otra vez desabrochar el pantalón de Jimmy para saborear los fluidos de su miembro que, brotaban por la fina capa de jean que lo separaba de su boca. Por otro lado, él ardiente Jimmy, ya jugaba con los senos de Andrea los cuales se endurecieron al contacto con sus dedos entre la blusa y el sostén; ella, agarró su otra mano y la llevó hasta su vagina que ya mojaba su entrepierna, él pudo notar como ella lo quemaba mientras lo apretaba contra su pelvis la cual se contraía a cada roce de su clítoris. La locura fue total, Jimmy ya deseaba penetrarla y ella no paraba de sudar y gemir incontrolablemente. En un acto de lucidez, él intentó convencerla de salir, tomar el carro y conducir hasta algún motel cercano pero ella no quería, lo desarmó en un segundo diciendo que rasgara ya su ropa y la acostara allí sobre la mesa; lo que ella deseaba era sentir las embestidas que la catapultaran a un orgasmo sin igual, ella deseaba entregarlo todo en aquel bar sin importarle nada, solo sexo, duro y perpetuo.




     El cantinero pudo darse cuenta de como la mujer parecía desquiciada. Ya el reloj marcaba las 8:40 de la noche y el bar estaba a punto de cerrar, la música dejó de sonar devolviendo a la realidad a aquellos dos amantes. Jimmy se acercó hasta la barra para tratar de explicar lo que estaba sucediendo pero el cantinero no quiso escuchar, él ya lo sabía, tan solo le alargó las llaves del lugar y le dijo que podía quedarse mientras terminaba su noche de locura; al fin y al cabo, el complejo de locales donde estaba el bar cerraba dos o tres horas más tarde y esto daba tiempo para que, Jimmy satisficiera plenamente los deseos de la joven que clamaba por pasión y sexo. 
Tan pronto y como los empleados salieron, la chica arrastró a Jimmy hasta el pasillo entre besos, caricias y mucha lengua. Cuando ya estuvieron ambos en el baño, Andrea azotó la puerta fuertemente la cual se cerró de un solo golpe, bajó el pantalón de Jimmy, tomó el miembro entre sus manos y lo metió hasta su traquea como queriendo devorarlo; él, por su parte, la tomó por cabello y ambos sincronizaron movimientos por unos cuantos minutos. Después, la tomó por el brazo -era su turno- desabrochó la camisa y su lengua la recorrió desde el cuello hasta el ombligo pasando por sus senos; el diafragma evidenciaba espasmos que, desembocaron en gemidos de placer los cuales se ahogaban en el trayecto de la cadera a la vagina, culminando en manantiales de fluidos que brotaron sin cesar. Andrea sintió que era momento de sentirlo penetrando ya su cuerpo y con solo un movimiento lo consiguió, el hombre la embestía fuertemente mientras ella se aferrara a su espalda con el filo de las uñas que le desgarraban la piel lo cual no le importaba, Jimmy estaba dispuesto a soportar lo que fuera con tal de disfrutar de aquel momento. Era tanta la entrega de él y tanta la energía liberada que, al momento de ambos explotar en mil orgasmos, un chispazo en el cerebro le nubló la conciencia y éste cayó al suelo en medio de un desmayo fugaz, del cual salió tan pronto como su cabeza golpeo la baldosa dejándolo aturdido. Andrea logró ayudarlo a ponerse de pie pero, el estruendo fue tremendo, lo que provocó que el vigilante llegara hasta allí, presuntamente el bar ya había cerrado y no debía haber nadie allí. Después de unos cuantos llamados y solo hasta que lograron vestirse nuevamente abrieron la puerta; el hombre reprobó el hecho y los obligó a marcharse del lugar.

     Cuando Jimmy y Andrea estuvieron en la calle, él la invitó a pasar la noche en un Motel pero, el rostro de ella había cambiado, ni siquiera le prestó atención a sus palabras y se dirigió hasta donde estaba su carro; él la siguió y la tomó por el brazo, ella se detuvo y de una sacudida se soltó, volteó a mirarlo, lo ignoró y cuando se subió al carro, antes de arrancar le dijo: 

-ni siquiera te conozco, nunca nos hemos visto, nunca me saludes-


Hector Ruiz-Ospina
Derechos Reservados ©

      





viernes, 10 de julio de 2015

ANDY (AMANTE INMORTAL)

ANDY
(AMANTE INMORTAL)




... Sentados, a mitad de camino en la escalera que conducía al segundo piso; allí estaba Luke, quien sujetaba la delgada cintura de Andy mientras ésta, lo quemaba con una mirada que irradiaba lujuria y pasión. El destello de los relámpagos se colaba a través de las cortinas a merced del aire que golpeaba sin piedad toda la casa. Andy estaba dispuesta a disfrutar aquel momento como nunca antes, deseaba aferrarse hasta morir a aquella "casualidad" que el destino le había traído en medio de la tormenta; sentía como si ya lo conociera de tiempo atrás y en ese momento se dispusiera a recuperar todo el tiempo que habían estado separados, su corazón acelerado y su piel erizada se acoplaba a aquel hombre, como si de un solo cuerpo se tratara. Ambos estaban dispuestos a morir esa extraña noche; haciendo el amor hasta su último respiro, entregando todo hasta el final. Andy lo esperaba, toda su vida lo esperó y en ese mismo momento, envuelta entre el más puro sentimiento, regala a Luke su último respiro, su último beso, el último palpitar.


10 horas antes:

La tormenta que azotaba sin piedad aquella noche, obligo a Luke a bajar de su carro, teniendo que dejarlo abandonado en un lugar desconocido;  ya casi consumido por el caudal de agua que hacía ver la carretera como un río salvaje y sin final. 
Totalmente empapado y en medio de la nada, decidió correr en busca de un lugar alto; unos cuantos metros delante de él se encontró con un sendero rodeado de árboles y optó por permanecer allí hasta que el nuevo día llegara. Todo el lugar resultaba un misterio para Luke quien ya mostraba indicios de hipotermia; debía encontrar un lugar seco lo antes posible o de lo contrario, era muy probable que no sobreviviera. Aunque Luke ya había recorrido ese lugar con anterioridad, todo le resultaba nuevo y desconocido esa noche, por un momento pensó que había tomado un camino equivocado, lo cual lo hizo desviarse de su ruta sin darse cuenta. Todo el terreno se miraba desierto y ni la más mínima presencia de casas al rededor donde pudiera acudir por ayuda. La noche se convirtió en una carrera a contra reloj por sobrevivir, en medio del más brutal e incesante clima que amenazaba con arrebatar su propia vida.

Luke no estaba dispuesto a darse por vencido y continuó corriendo sin parar; él pensaba que si lo hacía, podría mantener su cuerpo caliente mientras la lluvia paraba pero, a medida que pasaban los minutos, todo parecía ir peor.

Pasaron alrededor de tres horas hasta que, Luke alcanzó a ver, a lo lejos, una tenue y casi imperceptible luz que daba la impresión de ser una casa en medio de la nada; sin dudarlo se dirigió hasta allí y –como si se tratase del cielo- golpeo desesperado sin obtener respuesta alguna. De pronto, alguien pareció recorrer unos pasos desde adentro y que se detuvieron justo detrás de la puerta, Luke se emocionó pensando que la puerta se abriría pero no fue así; por el contrario, el rostro de una mujer anciana pudo reconocer detrás de la cortina que cubría el vidrio en la parte superior de la puerta, los ojos de la mujer parecieron brillar cuando se acercó hasta el cristal para investigar cuantas personas estaban afuera de la casa. Luke se impresionó con aquel rostro e intentó retroceder, pero se detuvo en el momento en que una voz le preguntó acerca de lo que allí buscaba. Después de una corta explicación, la puerta se abrió y la anciana mujer –con un gesto- le invitó a pasar; ya estando adentro, le ofreció unas cuantas mantas y una botella de whisky que extrajo de un baúl viejo y lleno de telarañas que había en un extremo de la sala. La casa lucía descuidada y su decoración –además de ser un tanto extraña- daba la impresión de ser antigua. Luke aceptó el ofrecimiento sin ningún problema y tomo un tragó que lo calentó de inmediato; la anciana tenía entre 75 y 80 años –tal vez un poco más- estaba un poco encorvada pero no usaba bastón; su cabello era blanco, enmarañado, le tapaba parte de la cara y sus manos eran extremadamente delgadas, casi cadavéricas; además, las uñas pareciera que no las había cortado en varios meses. Extrañamente sus ojos (o lo que se alcanzaba a ver detrás del cabello que cubría la cara) no parecían haber envejecido con ella, sino que por el contrario, expresaban vida y brillo como los de una mujer en su juventud. De todos modos, la anciana habló muy poco con Luke; le ofreció un sillón que había en la sala en donde podría dormir por aquella noche pero, le advirtió que, si osaba subir las escaleras o intentara llegar hasta su habitación, lo haría volar por los aires con una escopeta que mantenía junto a su cama todo el tiempo, la cual no dudaría en usar si fuera necesario. Luke sonrió y le dejó claro que, tan pronto amaneciera se marcharía, no sin antes agradecerle su hospitalidad. Dicho esto, la mujer subió por las escaleras mientras Luke volteó para servirse otro trago de whisky, ya para cuando éste giró de nuevo, la mujer ya había desaparecido.
Un trago más antes de dormitar en el sofá fue necesario para que Luke pensara sobre lo que haría a la mañana siguiente, en caso de que su carro haya sido arrastrado por la corriente; caminó hasta la ventana y miró a través del cristal pero la lluvia arreciaba como vendaval. De repente, una voz de mujer se escuchó desde el segundo piso, Luke volteó rápidamente; parada en el barandal estaba una mujer joven, llevaba un vestido rojo y miraba al hombre desde allí; aparentaba tener unos 25 años y una belleza sutil, era hermosa. Luke estaba petrificado y no pudo hablar siquiera; ambos cruzaron la mirada y él sintió como si un encanto lo tomara sin control. El vaso resbaló de su mano y esto fue lo que lo sacó del trance; intentó preguntarle a la chica quien era ella pero tartamudeó, quiso subir de inmediato por la escalera pero resbaló y cayó al suelo. Antes de que este pusiera un pie en los escalones la joven le advirtió que su abuela dormía en la habitación y que si él subía, ella lo lastimaría.
Luke aún estaba mareado por el efecto del whisky y el golpe que se dio en la caída; cuando por fin logró incorporarse y volteó hacia la escalera, la anciana ya estaba frente a él, retrocedió dos pasos y cayó sentado en el sillón; no entendía como ella había bajado los escalones tan rápido y quiso saber quién era la otra mujer que había visto en el segundo piso, la anciana no respondió y Luke sintió miedo; pensó que tal vez la anciana mantenía cautiva a la mujer que había visto minutos antes; así que, se puso de pie aun tambaleándose y se apresuró a la escalera mientras la anciana le decía que no lo hiciera. Después de subir el último escalón sintió debilidad en su cuerpo, se detuvo y vio su imagen reflejada en un espejo que había en el pasillo frente a él, esta le mostró un cuerpo viejo y decrepito. Levantó sus manos y tocó su cara, su aspecto había cambiado como por arte de magia y su apariencia era la de un hombre de más de 70 años de edad, no lo podía creer, estaba al borde de la locura y se desvaneció. Tirado en el suelo, vio como la anciana subía las escaleras y a medida que avanzaba se hacía más joven; Luke estaba en shock; más aún, cuando la anciana se fue transformando en la joven que él había visto antes; ella se acercó a él y lo tomó por el brazo para llevarlo de regreso abajo, una vez allí, el recobró su fuerza y ella su vejez.

Luke no sabía cuánto tiempo había pasado y su cabeza aún daba vueltas; desde el segundo piso la mujer dijo llamarse Andy, no paraba de mirarlo, pareciera como si Luke fuera el amor de su vida. Por primera vez, hablaron sin parar; él se enamoró en ese mismo instante de ella, en su interior sintió una sensación pura, de amor; era como si hubiera salido de una amnesia en donde Andy recobraba su propia vida. Ambos llegaron a la mitad del camino de las escaleras y en medio de esa realidad su piel se fundió en una sola piel.
Lágrimas, sudor y pasión inundaban el corto espacio en las escaleras; los relámpagos dejaban ver sus espinas dorsales en completo movimiento, ambos, presas del deseo insaciable e irracional. Andy gemía sin control mientras sus uñas se clavaban en la espalda de Luke, sangraba pero no había dolor; éste se aferraba a la suavidad se sus pechos que se endurecían al contacto con su lengua. Los fluidos viajaban en ambos cuerpos, la humedad tocaba el suelo y el orgasmo mutuo selló por completo el destino que estaba a punto de llegar.
Luke tiene entre sus brazos el cuerpo inerte de Andy, ella acaba de entregarle el regalo más sublime que estuvo guardando toda la vida para él; la desesperación era total, Luke grita desesperado mientras las lágrimas brotan a borbollones,  no está dispuesto a dejarla morir. Como puede, se pone de pie y sube los pocos escalones que le separan del segundo piso, él intuye que en la habitación de Andy debe haber algo que le permita traerla de nuevo a la vida; antes de llegar a la puerta de la habitación se debilita pero esto no le importó, abrió la puerta y al fondo de la habitación una luz centelleaba como el zafiro, Luke entró al cuarto y a pocos pasos de la luz cayó al suelo ya sin fuerzas; sus ojos alcanzaron a ver como el cuerpo de Andy se transformó en una bebe que tan solo gateaba y se acercó a él. Con una sonrisa en su rostro, Luke le entregó a Andy el mejor regalo de su vida.




Hector Ruiz-Ospina
Derechos Reservados ©

martes, 31 de marzo de 2015








Los Angeles CineFest 2015 Official Selection 

Hector Ruiz and Endless Inspiration production

THE SEARCH by Hector Ruiz

Cast:
Hector Ruiz
Izabel Medher
Valentina Rigolett Ruiz
Felipe Medina
Javier Acevedo
Matthew Mason 

"In a world without hope... die is the only way out"

Short Film 

none of this have been possible without the inconditional support of my family and friends, thank you every one for beign part of my madness. This is ours fellas!!!

http://lacinefest.weebly.com/march.html

lunes, 23 de marzo de 2015

EL CALLEJÓN DE LA LUJURIA III

EL CALLEJÓN DE LA LUJURIA
III




La noche estaba fría, 39 o tal vez 40° Farenheit; el vapor de humo salía con cada exhalación y se elevaba, perdiéndose a unos cuantos centímetros delante de ella; titiritaba mientras sus rodillas chocaban entre sí y sus dientes, producían eco por el chasquido de mandíbula al compás de sus espasmos. Los pezones erguidos, levantaban la blanca seda que se abría descubriendo parte de su pecho con el viento delicado que no dejaba de soplar. El hombre la llamaba sin hablar; su cara se mantuvo en la penumbra y tan solo sus ojos que brillaban como el fuego abrazador, mostraba su silueta que se perdía en la distancia, en medio de la densa niebla. Desde allí, mantenía doblegada totalmente a Susan quien estaba ya inducida en un letargo inconsciente, el cual le impedía tan siquiera darse cuenta donde estaba. El hombre alzó la mano invitándola a seguirlo y entonces ella caminó dos pasos hasta el borde de la azotea; Susan levantó igualmente su mano y con la otra, se apoyó en el marco de la ventana; todo estaba decidido, ella daría el paso inevitablemente como si delante de ella existiera un puente invisible que, la acercaría al hombre que dominaba sus impulsos; era como si creyera fielmente en que, éste la sostendría entre sus manos y no la dejaría caer. 

Era poco más de la media noche; Susan temblaba de frío mientras sostenía entre sus manos una taza caliente de café, sus dientes chocaban una y otra vez pero ella estaba totalmente sumida en un estado de inconsciencia; su cabello despeinado y su ropa un tanto ajada, daban la impresión de haber sufrido algún percance no fatal que -muy posiblemente- era lo que la mantenía en aquella situación. Permanecía sin sentido en un local de la esquina que queda a pocas cuadras de su casa; había poca gente y nadie había notado su presencia. El joven que la atendió fue el único que se dio cuenta que, algo no andaba bien con la chica, obviamente, él no dijo nada ya que era muy normal que a esa hora se acercaran prostitutas, traficantes y uno que otro transeúnte nocturno que parara en aquel lugar a tomar, ya fuera una copa de whisky, un vodka o solamente un café.

“Una mano fuerte levantaba una de sus piernas, llevándola casi hasta su cintura y un fuerte olor a sándalo, penetraba hacia su cuerpo mientras la falda daba paso a aquel hombre para que, sedujera su cadera y penetrara entre su piel y su alma.”

Susan recordaba este episodio en su cabeza y su piel se erizó al instante; de inmediato, sintió una extraña excitación  y tuvo que llevar su mano entre sus piernas, cerrándolas con fuerza para no gritar. Ella era presa de aquel hombre misterioso, quien la sometía con la humedad de su lengua bajando hasta sus pechos y devorando su pudor con el brillo de sus ojos.

“Allí esta ella, entre la pared y el pecho ardiente del incubo perfecto quien le clava su lujuria en caricias infatigables de pasión y deseo; la boca en su nuca le hace exhalar gemidos que se funden en la soledad de aquel lugar. Sus manos se entrelazan entre el torso y las caderas de aquel hombre, a quien trata de adherir a su figura empujando sus nalgas contra sí; en un intento de meterlo entre sus poros hasta lo más profundo de su alma, de su ser...”

Susan regresó nuevamente de sus pensamientos y miró a su alrededor; creía que su estado la había dejado en evidencia con las demás personas, pero no fue así; ella sabía de antemano que una fuerza desconocida poseía su cordura y continuaba haciéndolo mientras ella estaba allí sentada; Susan sabía, además, que la presencia de aquel hombre aún se mantenía en el olor que ella todavía percibía en su nariz.

“Piel contra piel resbalaba entre sudor y olor; entre clímax y oscuridad. Ella gozaba aquel momento mientras él se preocupaba por amarla, por vivir un momento único en sus vidas o tal vez, por evolucionar en un plano en el que alcancen a los dioses o tal vez; en el lugar en el que el amor se vuelve un niño ingenuo e ignorante. Ambos fluyen en torrentes sucesivos de orgasmos y jadeos clandestinos que, se esfuman sin dar tregua a los amantes, y a las horas que fulminan el mágico momento en plena luna llena...”

La chica no se explicaba la naturaleza de esas sensaciones. Tampoco, el hecho de esos pensamientos a manera de recuerdos que la invadían todo el tiempo; también ignoraba lo que sucedió, exactamente en el tiempo que transcurrió desde que estaba asomada en la ventana, hasta el momento en el que despertó de su inconsciencia en el bar.

“El hombre se aferraba a su cabello, devorando cada muestra de su olor; ella, en cambio, temblaba entre sus brazos sin querer dejarlo ir; sus uñas penetraban la piel de su hombre-amante y la tibia sangre que brotaba, se evaporaba al instante. Él entraba nuevamente por su oído, en frecuencias exactas de dolor y seducción que, recorrían su cabeza hasta sus pies a través de su espina dorsal; ella flotaba en el aire mientras él la recorría, de los senos a su estómago en un solo palpitar. Los vellos de su pelvis se erizaban, mientras él mezclaba el llanto y la sal de su sudor; entre miel y orgasmos de su cuerpo, trasfundidos al contacto con su lengua...”

Susan volvió en sí, estaba acelerada; sus caderas aún se movían al compás del recuerdo de aquel hombre misterioso en su cabeza; sus piernas aun temblaban y la humedad se hizo presente en su panty, con el frío que se colaba por la puerta. El olor a sándalo, en ese exacto momento fue más evidente; ella busca desesperada a su alrededor sin poder establecer el lugar de donde provenía aquel aroma. La puerta de acceso al café se azotó fuertemente, alguien salió rápidamente. Susan fijó su mirada con alguien a través del cristal, era el hombre que acababa de salir; era el mismo que ya vivía en su inconsciente, el que ya poseía sus deseos más absurdos. Ninguno parpadeó; su corazón se aceleró, se levantó y caminó hacia él…

Hector Ruiz-Ospina
Derechos Reservados©

sábado, 24 de enero de 2015

EL CALLEJÓN DE LA LUJURIA II

EL CALLEJÓN DE LA LUJURIA
II





Susan apuntó en todas direcciones pero no logró ver a nadie, estaba nerviosa y actuó de acuerdo a lo estudiado en la academia; el olor a Sándalo era intenso y pareciera como si la niebla de la calle hubiera ingresado por la ventana, la cual se azotaba con el viento en contadas ocasiones. Susan; sospechando que ha escapado, se aproximó a través de las cortinas esperando verlo en plena huida pero, éste se ha esfumado. Desconcertada de no ver a nadie, retrocede y escudriña detrás del único sillón que hay en el sala; además de un pequeño escritorio y sobre el, una máquina de escribir con unas cuantas hojas de papel regadas a su alrededor. No había ningún cuarto contiguo al salón; ni siquiera una cocina o un closet en donde el hombre pudiera haber dejado sus pertenencias, las cuales pudieran servirle a Susan para dar con el misterioso individuo que, una vez más, se había burlado de ella. 
La chica continuó por un momento en el departamento; desilusionada guardó su arma y se dirigió hacia la salida para marcharse pero, antes de cerrar la puerta, se detuvo y volteó una vez más; caminó de regreso hasta el escritorio y tomó el montón de hojas de papel. Abrió los cajones y encontró: una pipa de madera en un costado, cuatro monedas antiguas ya sin valor y un frasco con perfume como el que había visto anteriormente, en la tienda donde había estado esa misma tarde. Satisfecha, asume que es suficiente; pero, también es consciente que está casi igual que al principio ya que, lo poco que ha logrado reunir no le servirá para llenar un informe, muchísimo menos para crear un perfil criminal que la acerque al hombre que siempre se le esfuma de las manos.
La noche trajo consigo la lluvia y esta; la creciente incertidumbre que mantenía casi en vilo a Susan, en su afán por atrapar al violador que, ya se había convertido en su obsesión. Por un momento, estando ya en su cama; entre relámpagos y truenos que destellaban en la oscuridad de su cuarto, echó una mirada al montón de hojas que traía consigo, después de acomodarlas de acuerdo a la numeración. Dio un sorbo a su café y de inmediato, quedó sumergida en el contenido de lo que allí estaba escrito:
"Ella vagaba en el frío de la noche; vacía en su inconsciente, llena de soledad clamando mi presencia por doquier. Yo, viajaba en el rocío de la noche, tibio; rozaba su piel sin darse cuenta mientras ella, estaba sumergida en el ocaso absorto y material de sus propios miedos. 
Ella imaginaba como levantaba las manos de esa chica sin el menor esfuerzo; porque, así lo deseaba; creía que era ella quien movía mis impulsos y deseaba ser el rostro a quien besaba. Se entregaba a mí en otro cuerpo y sentía celos de no estar. Ella era todas y una a la vez. Deseaba en lo más profundo de su ser aquel encuentro, reflejado en el oscuro callejón; deseaba ser mi fábula, mi historia sin final de amor; de sexo, de pasión. Siempre he sentido su corazón palpitar a cada instante, incluso desde antes que existiera para ella; incluso en la oscuridad fría e indolente de la nada.
El cuerpo desnudo de esa joven, flagelándole su alma con palabras de mi boca; trajeron con sigo su aroma y ella, loca de pasión me entregó toda su fuerza, sus sueños y deseos; su piel contra mi piel se fundió como el acero incandescente, y tan solo los susurros se escuchaban y se ahogaban en aquel lugar; entre soledad, frío y oscuridad. Ella; desnudó su cuello invitándome a seguirla, mientras un gemido cálido y sereno se escapó de su interior al chocar contra su espalda, pura, delicada; rasguñando aquella helada y tímida pared que detenía nuestras almas en el tráfico nocturno de lujuria sin final... detenidos en el tiempo. El oscuro callejón fue cómplice total, entre el rosa sutil de aquellos senos desmoronados en mi boca, duros; pero más suaves que el suspiro intermitente que llegaba a mis oídos, a través de las frecuencias de sus uñas aferrándose a mi espalda. Ella, moría por su miedo y ella vivía allí en mis brazos; aquellos, que no deseaba dejar de sentir; al menos un momento más, un segundo; quizá una eternidad, quizá después morir..."


Susan no pudo continuar leyendo aquellas líneas y se detuvo abruptamente, soltando el manojo de hojas el cual cayó esparcido sobre las sabanas, lo miró y se levantó de la cama; estaba acelerada y no entendía esa extraña sensación. Se acercó hasta la ventana para abrirla y aspiró la brisa; cerró sus ojos y a la vez, recreó todo lo que acababa de leer; ella percibía el poder de lo descrito en el papel y la pasión desenfrenada que logró -incluso- excitarla sin control. Sus manos temblorosas lograron encender un cigarrillo. No podía creer lo que le estaba sucediendo; sacudió su cabeza y volteo hacia la cama donde aún estaba el montón de hojas. De repente, el viento entra sacudiendo su vestido de dormir; la corriente tocó sus piernas y se encajó hasta la pelvis, lo cual le provocó que se ahogara con el humo haciéndola toser. Intentó cerrar la ventana y justo frente a ella, en la azotea de los edificios del siguiente bloque; logró darse cuenta que había un hombre que la miraba entre las sombras. Su corazón retumbó por todo el cuarto y quedó petrificada; atrapada en su mirada. De repente; sin un mínimo de miedo, subió un pie hasta el marco de la ventana, se paró allí y quedó sumida en un letargo; quería seguirlo olvidando que eran más de cuatro pisos lo que la separaban del suelo. Se ha entregado totalmente a aquel momento y se aproximó a dar el paso sin importar las consecuencias...





Hector Ruiz-Ospina
Derechos reservados ©


viernes, 16 de enero de 2015

EL CALLEJÓN DE LA LUJURIA

EL CALLEJÓN DE LA LUJURIA




"El ardor de su piel se mantenía en el frío indolente de la noche; en búsqueda constante de corazones acelerados y gemidos ascendentes que deambulan por las calles, escondidos entre la gente"

Los tacones hacían eco en el oscuro callejón. Susan había desenfundado ya su arma y caminaba sigilosa entre la niebla. Al fondo de la calle se encontraba una mujer acurrucada y temblorosa. Caminó hacia ella lentamente, mientras apuntaba con su pistola a ambos lados de la esquina; el silencio era total y tan solo se percibía un tenue sollozo proveniente de la chica quien tenía su cara cubierta con las manos. Junto a ella, un sutil olor a sándalo penetraba la nariz de Susan; ella lo percibía en cada paso que daba, sintiendo una extraña ansiedad. Hacía mucho frío y en cada exhalación salía vapor de su boca, también producía un leve chasquido de dientes que hacía eco en el lugar. Metros adelante y al doblar el siguiente bloque, Susan logró ver la silueta de una persona que llevaba un gabán negro el cual se esfumaba al girar en el último edificio; pero, no pudo ver al hombre que lo vestía; dudó al momento de seguirlo y volteo hasta donde estaba la mujer y se detuvo mientras guardaba su arma. El frío era brutal y la humedad se sentía en el ambiente. La niebla parecía brotar de las alcantarillas, camuflando las las paredes de cemento y ladrillo raídas ya por la intemperie; pero, que indudablemente guardaban -mudas- los secretos de todo aquello cuanto pasaba a su alrededor mientras la gente dormía.
Esta no era la primera vez que Susan estuvo a punto de capturar al hombre que ya tenía azotada la zona de los suburbios, y que de manera astuta lograba siempre evadir las trampas que la policía le ponía; el extraño sujeto era extremadamente sigiloso hasta el punto de parecer casi invisible, aprovechaba todo cuanto podía a su favor y aleatoriamente, lograba siempre desnudar y someter a alguna de las mujeres que solían pasar por la calle 25 sin dejar rastro alguno. La gente lo llamaba "El incubo del callejón" y otros más, nombraron al lugar como "El callejón de la lujuria". La cuestión era que toda mujer que tenía contacto con el hombre no sufría daño alguno; sino que por el contrario, todas sus víctimas mostraban un placer misterioso. La gran mayoría sentía total satisfacción e indudablemente, cada una de ellas soñaba con volver a aquel callejón en busca de más. Todo era sacado como de una extraña película de misterio, en donde el seductor robaba la voluntad de sus víctimas y estas; casi absurdas, deseaban regresar.
Susan era una joven policía quien había llegado de California para establecerse y graduarse como agente de criminología en el estado de Illinois, era la primera vez lejos de su entorno el cual le permitiría avanzar en su carrera y posicionarse como una investigadora de alto rango; su mayor deseo era el de pertenecer al F.B.I, la C.I.A o la N.S.A. De todos modos, le obsesionaban los casos de alto nivel que tuvieran que ver con misiones complejas y que al final, le brindaran las satisfacciones que ella esperaba. Obviamente, ella entendía su postura de casi novata y que, para llamar la atención de los superiores, debía de ser de las mejores del escuadrón al cual pertenecía y así poder ser tomada en cuenta a la hora de ascender de nivel. El caso del misterioso hombre, quien ya le había sacado canas a todos los agentes locales y federales desde hacía ya varios meses, llamó extrañamente la atención de Susan, quien no dudó en solicitar autorización para iniciar persecución del individuo y ponerlo tras las rejas. Además, este caso le daría el reconocimiento necesario para su futuro y era obvio; pues los oficiales -siendo más antiguos que ella- no lo habían logrado; pero, si ella desenmarañaba el caso, era evidente que su nombre se escucharía en todo el departamento y esto; sin duda alguna, la haría merecedora de una gran condecoración o en el mejor de los casos, ser recomendada para asuntos de alto nivel. 
La noche anterior había dejado a Susan -como en los últimos días- una tremenda desilusión, al encontrarse tan cerca de aquel hombre y a la vez tan lejos; puesto que, siempre encontraba el rastro del olor a sándalo y la presencia aún en el ambiente; las víctimas siempre estaban temblorosas, con las pupilas dilatadas y como si aún el hombre se encontrara junto a ellas devorándolas de placer. Susan trataba a toda costa de solucionar el problema pero, el misterioso hombre pareciera como si leyera sus pensamientos y siempre acomodaba todo para que ella estuviera a escasos metros de él sin que pudiera atraparlo; todo parecía previamente preparado. Susan sentía que hasta el hombre podía verla cuando ella llegaba al lugar y tal vez éste se reía de ella, mientras huía por el estrecho callejón. Nada era lo suficientemente efectivo y la manera en que el hombre ejecutaba su accionar, mantenía a Susan todo el día y gran parte de la noche pensando en él; en los motivos que lo impulsaban a actuar de esa manera y el origen de ese encanto y lujuria que dejaba impregnado; no solo en las mujeres, sino en el entorno por el que éste se movía, el cual dejaba infestado de feromonas mezcladas con el sándalo que lo hacían inconfundible.
La tarde –ya casi noche- de aquel sábado, transcurría en completa calma; todo auguraba un atardecer tranquilo y no tan frío. Susan conducía su vehículo cerca del lugar donde el hombre se movía, tratando de encontrar una pista que pudiera ligarlo; ya fuera con un perfil, o tal vez la edad; quizá un rostro que lo sacara de las sombras. Por un momento, la fatiga la llevó a estacionarse frente al parque del vecindario y sintió la necesidad de salir del vehículo. Sacó su bolsa y se dispuso a recorrer unas cuantas calles para tratar ver, desde otra perspectiva algo que le resultara interesante. Pasó por la esquina del callejón y las personas transitaban como si nada pasara por allí;  continuó unas cuadras adelante y se detuvo frente a un almacén donde pudo reconocer el olor a sándalo que ya vivía en su cabeza; entró sin levantar sospecha y rodeó los anaqueles, se percató que era una anciana quien atendía la tienda. Recorrió todo el interior y tomó uno de los pequeños frascos con aceite de sándalo para luego dirigirse hasta donde estaba la caja registradora; mientras pagaba preguntó si existía otro lugar como ese en el vecindario y así poder estar segura de que, al menos el misterioso hombre era allí donde adquiría la fragancia. Sin embargo, ella sabía que no tenía nada que le permitiera rastrear al hombre como para ligarlo con la tienda o tan siquiera, darse una propia idea sobre él. Al salir de allí, nuevamente sintió el perfume y volteó tratando de encontrar la dirección de donde este provenía; hasta que, una negra gabardina se hizo presente ante sus ojos, pero, en cuestión de segundos se disolvió entre la gente. El hombre había ingresado al almacén. Ella empezó a temblar; quiso detenerse y regresar, pero también sabía qué; si cometía un error, este le costaría todo el esfuerzo y las horas gastadas en el caso; de todos modos, Susan no estaba segura que esta fuera la gabardina que pertenecía al sujeto que ella perseguía y tampoco tenía argumentos para ligarlo con los acontecimientos. 
La noche se aproximaba rápidamente y las calles ya empezaban a quedarse solas. Susan esperó frente a la tienda por un buen rato sin quitar los ojos de la salida, al otro lado de la calle. Poco después, el hombre salió del lugar y se dirigió precisamente hacia donde estaba el callejón donde -posiblemente- otra víctima caería; el hombre llevaba un sombrero que no le permitía a Susan darse una idea de la edad o los rasgos que lo pudieran definir; ella lo seguía desde lejos pero sabía que, tal vez, la obsesión podía manipular su juicio. Sin embargo, ella no escatimaba ni el más mínimo detalle que le permitiera avanzar en el caso; de todos modos para ella, el hombre era un sospechoso en potencia.
Una cuadra la separaba del hombre, quien fácilmente y sin dudarlo dobló por la esquina que da con el callejón; esto hizo que Susan se emocionara. Sacó el revolver de su cartera y lo metió en un bolsillo de su chaqueta pero, mantenía el dedo en el gatillo. De repente, apareció un niño de la nada; corrió hacia ella y se ciñó a su falda, el pequeño estaba aterrado porque un perro lo perseguía y quería morderlo hasta que Susan se interpuso en su camino; ella no sabía qué hacer y el chiquillo lloriqueaba sin soltarla hasta que, tuvo que sacar el arma y así poder ahuyentar al enloquecido perro para luego calmar al niño. El animal desapareció del mismo modo en que había llegado y Susan, sin perder tiempo, le ordenó al chico seguir su camino; este obedeció, pero a una poca distancia volteó hacia donde ella estaba, éste le sonrío y le dijo que se apresurara, que ya iba tarde a su encuentro en el callejón; Susan queda un tanto aturdida con sus palabras y continúa caminando un tanto pensativa. Con pistola en mano, corre los metros que la separan del pasadizo y al llegar, puede ver al hombre quien ya tenía a una mujer sujetada a la pared. La muchacha estaba extasiada; pareciera estar flotando en el aire, sometida pero encantada. Mientras ella rodeaba sucumbía a sus encantos, él parecía estar envolviéndola en un extraño halo extraño de luz que levemente iluminaba el lugar. A escasos 10 metros, Susan apuntó su revolver directo al hombre y le ordenó soltar a la chica, girarse lentamente sin hacer movimientos repentinos y le advirtió que, ante el más mínimo intento por escapar descargaría su pistola en él. Susan temblaba y su pulso le robaba el rango exacto para dispararle al hombre en caso de que intentara huir; en cuestión de segundos liberó a la chica, pero era ella quien no deseaba soltarlo; levemente, el hombre giró su cabeza dejando ver tan solo parte de su mentón y nariz. De inmediato, la calleja se inundó con la misteriosa fragancia acompañada de una luz proveniente del hombre, esta se desplazaba por el suelo; súbitamente, una descarga de electricidad pareció tocar el cañón del arma, propinándole una sacudida que la obligó a soltarla. Todo sucedió muy rápido pero, la reacción de Susan no se hizo esperar; entonces se agachó velozmente y la tomó de nuevo, pero, tan pronto se levantó el hombre ya no estaba; en cambio, la chica ya se encontraba en la postura en la cual solían quedar las víctimas, después del encuentro con el individuo. Susan corrió y esta vez lo hizo sin dudar; logró seguir al hombre quien recorrió varios bloques a toda velocidad hasta que, ingreso a un edificio de apartamentos que parecía abandonado; Susan subió las escaleras detrás de él, aunque ella no lograba verlo se guiaba por el rastro de perfume fresco que él dejaba tras de sí y justo al final del pasillo; en el último cuarto, el olor se interrumpió justo cuando ella estaba frente a la puerta. Entonces, apuntó con su arma hasta y con una patada, dañó la cerradura de un solo golpe; y utilizando el protocolo, ingresó al lugar...

CONTINUARA


Hector Ruiz-Ospina
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