Libro
Presentado en la 25ª Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011.

sábado, 24 de enero de 2015

EL CALLEJÓN DE LA LUJURIA II

EL CALLEJÓN DE LA LUJURIA
II





Susan apuntó en todas direcciones pero no logró ver a nadie, estaba nerviosa y actuó de acuerdo a lo estudiado en la academia; el olor a Sándalo era intenso y pareciera como si la niebla de la calle hubiera ingresado por la ventana, la cual se azotaba con el viento en contadas ocasiones. Susan; sospechando que ha escapado, se aproximó a través de las cortinas esperando verlo en plena huida pero, éste se ha esfumado. Desconcertada de no ver a nadie, retrocede y escudriña detrás del único sillón que hay en el sala; además de un pequeño escritorio y sobre el, una máquina de escribir con unas cuantas hojas de papel regadas a su alrededor. No había ningún cuarto contiguo al salón; ni siquiera una cocina o un closet en donde el hombre pudiera haber dejado sus pertenencias, las cuales pudieran servirle a Susan para dar con el misterioso individuo que, una vez más, se había burlado de ella. 
La chica continuó por un momento en el departamento; desilusionada guardó su arma y se dirigió hacia la salida para marcharse pero, antes de cerrar la puerta, se detuvo y volteó una vez más; caminó de regreso hasta el escritorio y tomó el montón de hojas de papel. Abrió los cajones y encontró: una pipa de madera en un costado, cuatro monedas antiguas ya sin valor y un frasco con perfume como el que había visto anteriormente, en la tienda donde había estado esa misma tarde. Satisfecha, asume que es suficiente; pero, también es consciente que está casi igual que al principio ya que, lo poco que ha logrado reunir no le servirá para llenar un informe, muchísimo menos para crear un perfil criminal que la acerque al hombre que siempre se le esfuma de las manos.
La noche trajo consigo la lluvia y esta; la creciente incertidumbre que mantenía casi en vilo a Susan, en su afán por atrapar al violador que, ya se había convertido en su obsesión. Por un momento, estando ya en su cama; entre relámpagos y truenos que destellaban en la oscuridad de su cuarto, echó una mirada al montón de hojas que traía consigo, después de acomodarlas de acuerdo a la numeración. Dio un sorbo a su café y de inmediato, quedó sumergida en el contenido de lo que allí estaba escrito:
"Ella vagaba en el frío de la noche; vacía en su inconsciente, llena de soledad clamando mi presencia por doquier. Yo, viajaba en el rocío de la noche, tibio; rozaba su piel sin darse cuenta mientras ella, estaba sumergida en el ocaso absorto y material de sus propios miedos. 
Ella imaginaba como levantaba las manos de esa chica sin el menor esfuerzo; porque, así lo deseaba; creía que era ella quien movía mis impulsos y deseaba ser el rostro a quien besaba. Se entregaba a mí en otro cuerpo y sentía celos de no estar. Ella era todas y una a la vez. Deseaba en lo más profundo de su ser aquel encuentro, reflejado en el oscuro callejón; deseaba ser mi fábula, mi historia sin final de amor; de sexo, de pasión. Siempre he sentido su corazón palpitar a cada instante, incluso desde antes que existiera para ella; incluso en la oscuridad fría e indolente de la nada.
El cuerpo desnudo de esa joven, flagelándole su alma con palabras de mi boca; trajeron con sigo su aroma y ella, loca de pasión me entregó toda su fuerza, sus sueños y deseos; su piel contra mi piel se fundió como el acero incandescente, y tan solo los susurros se escuchaban y se ahogaban en aquel lugar; entre soledad, frío y oscuridad. Ella; desnudó su cuello invitándome a seguirla, mientras un gemido cálido y sereno se escapó de su interior al chocar contra su espalda, pura, delicada; rasguñando aquella helada y tímida pared que detenía nuestras almas en el tráfico nocturno de lujuria sin final... detenidos en el tiempo. El oscuro callejón fue cómplice total, entre el rosa sutil de aquellos senos desmoronados en mi boca, duros; pero más suaves que el suspiro intermitente que llegaba a mis oídos, a través de las frecuencias de sus uñas aferrándose a mi espalda. Ella, moría por su miedo y ella vivía allí en mis brazos; aquellos, que no deseaba dejar de sentir; al menos un momento más, un segundo; quizá una eternidad, quizá después morir..."


Susan no pudo continuar leyendo aquellas líneas y se detuvo abruptamente, soltando el manojo de hojas el cual cayó esparcido sobre las sabanas, lo miró y se levantó de la cama; estaba acelerada y no entendía esa extraña sensación. Se acercó hasta la ventana para abrirla y aspiró la brisa; cerró sus ojos y a la vez, recreó todo lo que acababa de leer; ella percibía el poder de lo descrito en el papel y la pasión desenfrenada que logró -incluso- excitarla sin control. Sus manos temblorosas lograron encender un cigarrillo. No podía creer lo que le estaba sucediendo; sacudió su cabeza y volteo hacia la cama donde aún estaba el montón de hojas. De repente, el viento entra sacudiendo su vestido de dormir; la corriente tocó sus piernas y se encajó hasta la pelvis, lo cual le provocó que se ahogara con el humo haciéndola toser. Intentó cerrar la ventana y justo frente a ella, en la azotea de los edificios del siguiente bloque; logró darse cuenta que había un hombre que la miraba entre las sombras. Su corazón retumbó por todo el cuarto y quedó petrificada; atrapada en su mirada. De repente; sin un mínimo de miedo, subió un pie hasta el marco de la ventana, se paró allí y quedó sumida en un letargo; quería seguirlo olvidando que eran más de cuatro pisos lo que la separaban del suelo. Se ha entregado totalmente a aquel momento y se aproximó a dar el paso sin importar las consecuencias...





Hector Ruiz-Ospina
Derechos reservados ©


viernes, 16 de enero de 2015

EL CALLEJÓN DE LA LUJURIA

EL CALLEJÓN DE LA LUJURIA




"El ardor de su piel se mantenía en el frío indolente de la noche; en búsqueda constante de corazones acelerados y gemidos ascendentes que deambulan por las calles, escondidos entre la gente"

Los tacones hacían eco en el oscuro callejón. Susan había desenfundado ya su arma y caminaba sigilosa entre la niebla. Al fondo de la calle se encontraba una mujer acurrucada y temblorosa. Caminó hacia ella lentamente, mientras apuntaba con su pistola a ambos lados de la esquina; el silencio era total y tan solo se percibía un tenue sollozo proveniente de la chica quien tenía su cara cubierta con las manos. Junto a ella, un sutil olor a sándalo penetraba la nariz de Susan; ella lo percibía en cada paso que daba, sintiendo una extraña ansiedad. Hacía mucho frío y en cada exhalación salía vapor de su boca, también producía un leve chasquido de dientes que hacía eco en el lugar. Metros adelante y al doblar el siguiente bloque, Susan logró ver la silueta de una persona que llevaba un gabán negro el cual se esfumaba al girar en el último edificio; pero, no pudo ver al hombre que lo vestía; dudó al momento de seguirlo y volteo hasta donde estaba la mujer y se detuvo mientras guardaba su arma. El frío era brutal y la humedad se sentía en el ambiente. La niebla parecía brotar de las alcantarillas, camuflando las las paredes de cemento y ladrillo raídas ya por la intemperie; pero, que indudablemente guardaban -mudas- los secretos de todo aquello cuanto pasaba a su alrededor mientras la gente dormía.
Esta no era la primera vez que Susan estuvo a punto de capturar al hombre que ya tenía azotada la zona de los suburbios, y que de manera astuta lograba siempre evadir las trampas que la policía le ponía; el extraño sujeto era extremadamente sigiloso hasta el punto de parecer casi invisible, aprovechaba todo cuanto podía a su favor y aleatoriamente, lograba siempre desnudar y someter a alguna de las mujeres que solían pasar por la calle 25 sin dejar rastro alguno. La gente lo llamaba "El incubo del callejón" y otros más, nombraron al lugar como "El callejón de la lujuria". La cuestión era que toda mujer que tenía contacto con el hombre no sufría daño alguno; sino que por el contrario, todas sus víctimas mostraban un placer misterioso. La gran mayoría sentía total satisfacción e indudablemente, cada una de ellas soñaba con volver a aquel callejón en busca de más. Todo era sacado como de una extraña película de misterio, en donde el seductor robaba la voluntad de sus víctimas y estas; casi absurdas, deseaban regresar.
Susan era una joven policía quien había llegado de California para establecerse y graduarse como agente de criminología en el estado de Illinois, era la primera vez lejos de su entorno el cual le permitiría avanzar en su carrera y posicionarse como una investigadora de alto rango; su mayor deseo era el de pertenecer al F.B.I, la C.I.A o la N.S.A. De todos modos, le obsesionaban los casos de alto nivel que tuvieran que ver con misiones complejas y que al final, le brindaran las satisfacciones que ella esperaba. Obviamente, ella entendía su postura de casi novata y que, para llamar la atención de los superiores, debía de ser de las mejores del escuadrón al cual pertenecía y así poder ser tomada en cuenta a la hora de ascender de nivel. El caso del misterioso hombre, quien ya le había sacado canas a todos los agentes locales y federales desde hacía ya varios meses, llamó extrañamente la atención de Susan, quien no dudó en solicitar autorización para iniciar persecución del individuo y ponerlo tras las rejas. Además, este caso le daría el reconocimiento necesario para su futuro y era obvio; pues los oficiales -siendo más antiguos que ella- no lo habían logrado; pero, si ella desenmarañaba el caso, era evidente que su nombre se escucharía en todo el departamento y esto; sin duda alguna, la haría merecedora de una gran condecoración o en el mejor de los casos, ser recomendada para asuntos de alto nivel. 
La noche anterior había dejado a Susan -como en los últimos días- una tremenda desilusión, al encontrarse tan cerca de aquel hombre y a la vez tan lejos; puesto que, siempre encontraba el rastro del olor a sándalo y la presencia aún en el ambiente; las víctimas siempre estaban temblorosas, con las pupilas dilatadas y como si aún el hombre se encontrara junto a ellas devorándolas de placer. Susan trataba a toda costa de solucionar el problema pero, el misterioso hombre pareciera como si leyera sus pensamientos y siempre acomodaba todo para que ella estuviera a escasos metros de él sin que pudiera atraparlo; todo parecía previamente preparado. Susan sentía que hasta el hombre podía verla cuando ella llegaba al lugar y tal vez éste se reía de ella, mientras huía por el estrecho callejón. Nada era lo suficientemente efectivo y la manera en que el hombre ejecutaba su accionar, mantenía a Susan todo el día y gran parte de la noche pensando en él; en los motivos que lo impulsaban a actuar de esa manera y el origen de ese encanto y lujuria que dejaba impregnado; no solo en las mujeres, sino en el entorno por el que éste se movía, el cual dejaba infestado de feromonas mezcladas con el sándalo que lo hacían inconfundible.
La tarde –ya casi noche- de aquel sábado, transcurría en completa calma; todo auguraba un atardecer tranquilo y no tan frío. Susan conducía su vehículo cerca del lugar donde el hombre se movía, tratando de encontrar una pista que pudiera ligarlo; ya fuera con un perfil, o tal vez la edad; quizá un rostro que lo sacara de las sombras. Por un momento, la fatiga la llevó a estacionarse frente al parque del vecindario y sintió la necesidad de salir del vehículo. Sacó su bolsa y se dispuso a recorrer unas cuantas calles para tratar ver, desde otra perspectiva algo que le resultara interesante. Pasó por la esquina del callejón y las personas transitaban como si nada pasara por allí;  continuó unas cuadras adelante y se detuvo frente a un almacén donde pudo reconocer el olor a sándalo que ya vivía en su cabeza; entró sin levantar sospecha y rodeó los anaqueles, se percató que era una anciana quien atendía la tienda. Recorrió todo el interior y tomó uno de los pequeños frascos con aceite de sándalo para luego dirigirse hasta donde estaba la caja registradora; mientras pagaba preguntó si existía otro lugar como ese en el vecindario y así poder estar segura de que, al menos el misterioso hombre era allí donde adquiría la fragancia. Sin embargo, ella sabía que no tenía nada que le permitiera rastrear al hombre como para ligarlo con la tienda o tan siquiera, darse una propia idea sobre él. Al salir de allí, nuevamente sintió el perfume y volteó tratando de encontrar la dirección de donde este provenía; hasta que, una negra gabardina se hizo presente ante sus ojos, pero, en cuestión de segundos se disolvió entre la gente. El hombre había ingresado al almacén. Ella empezó a temblar; quiso detenerse y regresar, pero también sabía qué; si cometía un error, este le costaría todo el esfuerzo y las horas gastadas en el caso; de todos modos, Susan no estaba segura que esta fuera la gabardina que pertenecía al sujeto que ella perseguía y tampoco tenía argumentos para ligarlo con los acontecimientos. 
La noche se aproximaba rápidamente y las calles ya empezaban a quedarse solas. Susan esperó frente a la tienda por un buen rato sin quitar los ojos de la salida, al otro lado de la calle. Poco después, el hombre salió del lugar y se dirigió precisamente hacia donde estaba el callejón donde -posiblemente- otra víctima caería; el hombre llevaba un sombrero que no le permitía a Susan darse una idea de la edad o los rasgos que lo pudieran definir; ella lo seguía desde lejos pero sabía que, tal vez, la obsesión podía manipular su juicio. Sin embargo, ella no escatimaba ni el más mínimo detalle que le permitiera avanzar en el caso; de todos modos para ella, el hombre era un sospechoso en potencia.
Una cuadra la separaba del hombre, quien fácilmente y sin dudarlo dobló por la esquina que da con el callejón; esto hizo que Susan se emocionara. Sacó el revolver de su cartera y lo metió en un bolsillo de su chaqueta pero, mantenía el dedo en el gatillo. De repente, apareció un niño de la nada; corrió hacia ella y se ciñó a su falda, el pequeño estaba aterrado porque un perro lo perseguía y quería morderlo hasta que Susan se interpuso en su camino; ella no sabía qué hacer y el chiquillo lloriqueaba sin soltarla hasta que, tuvo que sacar el arma y así poder ahuyentar al enloquecido perro para luego calmar al niño. El animal desapareció del mismo modo en que había llegado y Susan, sin perder tiempo, le ordenó al chico seguir su camino; este obedeció, pero a una poca distancia volteó hacia donde ella estaba, éste le sonrío y le dijo que se apresurara, que ya iba tarde a su encuentro en el callejón; Susan queda un tanto aturdida con sus palabras y continúa caminando un tanto pensativa. Con pistola en mano, corre los metros que la separan del pasadizo y al llegar, puede ver al hombre quien ya tenía a una mujer sujetada a la pared. La muchacha estaba extasiada; pareciera estar flotando en el aire, sometida pero encantada. Mientras ella rodeaba sucumbía a sus encantos, él parecía estar envolviéndola en un extraño halo extraño de luz que levemente iluminaba el lugar. A escasos 10 metros, Susan apuntó su revolver directo al hombre y le ordenó soltar a la chica, girarse lentamente sin hacer movimientos repentinos y le advirtió que, ante el más mínimo intento por escapar descargaría su pistola en él. Susan temblaba y su pulso le robaba el rango exacto para dispararle al hombre en caso de que intentara huir; en cuestión de segundos liberó a la chica, pero era ella quien no deseaba soltarlo; levemente, el hombre giró su cabeza dejando ver tan solo parte de su mentón y nariz. De inmediato, la calleja se inundó con la misteriosa fragancia acompañada de una luz proveniente del hombre, esta se desplazaba por el suelo; súbitamente, una descarga de electricidad pareció tocar el cañón del arma, propinándole una sacudida que la obligó a soltarla. Todo sucedió muy rápido pero, la reacción de Susan no se hizo esperar; entonces se agachó velozmente y la tomó de nuevo, pero, tan pronto se levantó el hombre ya no estaba; en cambio, la chica ya se encontraba en la postura en la cual solían quedar las víctimas, después del encuentro con el individuo. Susan corrió y esta vez lo hizo sin dudar; logró seguir al hombre quien recorrió varios bloques a toda velocidad hasta que, ingreso a un edificio de apartamentos que parecía abandonado; Susan subió las escaleras detrás de él, aunque ella no lograba verlo se guiaba por el rastro de perfume fresco que él dejaba tras de sí y justo al final del pasillo; en el último cuarto, el olor se interrumpió justo cuando ella estaba frente a la puerta. Entonces, apuntó con su arma hasta y con una patada, dañó la cerradura de un solo golpe; y utilizando el protocolo, ingresó al lugar...

CONTINUARA


Hector Ruiz-Ospina
Derechos reservados © 





Entradas Anteriores

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...