Libro
Presentado en la 25ª Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011.

domingo, 7 de agosto de 2016

LA MONJA PERVERSA

LA MONJA PERVERSA
Primera parte


El corazón intentaba salirse de mi pecho mientras corría a toda velocidad por el pasillo, evadiendo a la supervisora que esa noche había adelantado por unos minutos su ronda; era inconfundible ya que siempre dejaba sonar la cadena con el montón de llaves que en todo momento llevaba debajo de su hábito. Entre tanta oscuridad, tropecé sin darme cuenta con una de las grandes y pesadas macetas que hay a lo largo del corredor, dándome tremendo golpe en la rodilla, el dolor fue tan intenso que fue inevitable que no maldijera, pero aún así, cojeando y con sigilo llegué hasta la puerta de mi habitación y pude meterme sin evidenciar mi presencia.

   Cuando Melita recién llegaba de su natal provincia en Italia yo ya me encontraba trabajando en el convento desde hacía 3 o 4 meses atrás. Obviamente, al no pertenecer al noviciado y ser trabajador/interno -como ellos le llamaban al contrato laboral- mi contacto con las jóvenes e incluso con los sacerdotes que dirigían el lugar era muy limitado. El hecho de habitar dicho entorno austero, callado y altamente espiritual, no significaba que allí no hubieran sus asomos de perversión, como en la mayoría de los mortales obviamente; aun así, era muy poco tiempo el que yo llevaba trabajando en el convento y efectivamente, aún había muchísimo más por descubrir.




   Melita es una mujer alta, de no más de 19 o quizá 20 años de edad, el cabello rubio y no muy largo; vestía una falda que llegaba poco más abajo de sus rodillas y y unos zapatos blancos. Su piel se veía suave y limpia, posiblemente proveniente de una familia religiosa y con mucho dinero. Su presencia allí hizo que muchos en el recinto enfocaran sus miradas hacía donde ella estaba, yo no fui la excepción y no pude contenerme, mi fijación fue instantánea hasta que su mirada se cruzó con la mía regalándome una tenue sonrisa; mi corazón se aceleró de inmediato y tontamente tropecé al mismo tiempo que la madre superiora me indicaba que la condujera a su habitación y cargara su única valija. Las tijeras con las que podaba las plantas quedaron tiradas en el suelo y de inmediato obedecí las instrucciones, tomé su maleta y le mostré con un gesto el camino que debía tomar. Tan pronto estuvo instalada en su nuevo cuarto, le dejé sus pertenencias y unas cuantas instrucciones que debería tener en cuenta mientras se acostumbrara a la dinámica del convento, ella sonrió y se dejó caer sobre la cama y miro hacia el techo mientras dejaba escapar un suspiro que me retumbó en la cabeza; giré hacia la puerta para salir y justo antes de cerrar escuché su voz llamándome, regresé de nuevo y se disculpó por no haberme agradecido la ayuda que le brindé; de pronto extendió su mano hacia mi y con un fuerte apretón y una sonrisa iniciamos nuestra relación... de amistad.

Tres semanas y cuatro días después... 

   Era normal que cada miércoles las novicias tuvieran una entrevista -a manera de confesión- con el padre quien es el encargado de guiarlas y conducirlas por "el buen camino" alejando de sus mentes cualquier atisbo de pecado. Aunque para mi todo eso es una completa estupidez me reservaba cualquier tipo de comentario al respecto pero, desde que empecé a dejar los diminutos dispositivos de grabación en algunos lugares del convento, me doy cuenta de las más absurdas y locas perversiones tanto de las jóvenes, como de las madres y los curas. De todos modos, eso a mi no me importaba ya que lo único que realmente quería y deseaba era tener a Melita entre mis brazos y recorrer cada centímetro de su cuerpo. Eso era algo casi imposible ya que me he dado cuenta de su rechazo contundente ante las insinuaciones de uno de los curas jóvenes en una de las charlas que han tenido y con otra joven quien ha intentado sostener conversaciones de tipo sexual pero también la ha frenado de inmediato. Aunque, Melita no es toda una santa, se que en las noches cuando se acuesta, saca de su escondite un reproductor de vídeo digital pequeño en donde guarda sus películas eróticas de Tinto Brass.

   Ese miércoles lo haría de nuevo, indudablemente y yo deseaba descubrir lo que se escondía en ese cuerpo delicado y sensual, ambos nos atraemos puedo sentirlo; la deseo, la deseo con locura.

   Ya era de noche y ya tenía trazado mi plan: adelantaría mis labores cotidianas y antes de que las novicias terminaran su oración vespertina, yo me introduciría en el cuarto de Melita y me escondería bajo su cama; esa noche estaba dispuesto a descubrir su lado erótico y todo aquello que ella hace en la soledad de su habitación. No tardó mucho hasta que por fin llegó; mi corazón se aceleró de inmediato, ya no podía hacer nada, el pánico se apoderó de mi de solo pensar que algo saliera mal, eso sería fatal. Melita empezó a quitarse su ropa, podía ver sus hermosos senos a través de la casi transparente pijama de seda; acomodó sus zapatillas debajo de la cama a pocos centímetros de mi cabeza y luego se dejó caer con gran fuerza sobre el colchón, el impacto hizo que este se doblara levemente y golpeara mi nariz produciéndome sensación de estornudar...



Hector Ruiz-Ospina
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